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miércoles, 18 de abril de 2012

Comprensión o Compulsión

El carnicero del barrio junta los pesos que ganó en el mes. Destina una parte a los gastos corrientes y lo que le sobra lo usa para comprar dólares. Podría haber invertido en una heladera nueva.

Un empleado piensa en irse de vacaciones y elige Brasil. Podría haber viajado a Mar de Ajó.

Una petrolera decide utilizar las ganancias generadas en Argentina para expandirse en otros negocios fuera del país. Podría haber invertido en aumentar la producción.

¿Qué tienen en común estos tres “agentes de la economía”? En primer lugar, que toman una decisión en función de una variedad de alternativas. La toma de la decisión implica necesariamente que prefieren ese curso de acción y no otro distinto; evidencia que eligiendo ese camino creen que estarán mejor que si eligieran otro. Nada impide que, a posteriori, se den cuenta que estaban equivocados.

Lo segundo que tienen en común es que el camino elegido refleja que no desean invertir su dinero en Argentina. En el caso del turista, tal vez crea que Brasil es más lindo o tal vez nuestra inflación le ha hecho pensar: “por el mismo dinero, conozco otro país”. Si el carnicero compra dólares en lugar de una nueva heladera probablemente crea que para “los tiempos que vienen” lo mejor es ahorrar en algo seguro, en lugar de invertirlo. Para la petrolera, el caso no es muy distinto, tal vez supongan que realizar inversiones en el país conlleve un riesgo más grande que hacerlo en algún negocio en algún otro destino donde, por ejemplo, pueda elegir a qué precio vender.

Partir de esta base implica de nuestra parte partir de una “verstehen”, de una comprensión acerca de por qué el hombre actúa como actúa. “La comprensión aborda los juicios de valor, las elecciones de los fines y los medios a los que se recurre para alcanzar estos fines…”[1]. La verstehen apunta a entender: ¿por qué no se invierte en el país? ¿Por qué no solo las grandes y malignas corporaciones compran dólares sino los pequeños y medianos empresarios, los trabajadores y los empleados públicos? ¿Por qué el dinero fluye al exterior en lugar de quedarse aquí generando trabajo e inclusión social para los argentinos y las argentinas?

El sistema en el que vivimos no se molesta en realizar estas reflexiones. Lo que el gobierno ve en la realidad es un caos que necesita ser ordenado por resolución ministerial. Donde algunos ven orden espontáneo, ellos ven un inerradicable conflicto de intereses. Ven un interés público constantemente atacado por el fin de lucro de la ley del mercado que no quiere crear trabajo argentino.

Acto seguido, controlan los precios, insultan a productores de yerba mate, nacionalizan los ahorros, nacionalizan Aerolíneas Argentinas, declaran que el fútbol es para todos, prohíben que los que viven en el exterior extraigan dinero de sus cuentas en pesos y, como corolario – o nuevo punto de partida ¿quién sabe? – esta semana expropiaron YPF.

¿Y por qué NO hacerlo si, de otra forma, el mundo sería un caos?

El sistema en que vivimos presupone que el gobierno es el único que puede sacarnos de un inevitable mundo de todos contra todos. El voto mayoritario legitima, y al que no le gusta, está a favor del caos y la locura.

En el camina queda la libertad, como algo idílico, algo que alguna vez quisimos conseguir pero que ahora no es más que otra piedra en el zapato.



[1] Ludwig von Mises: “Los Fundamentos Últimos de la Ciencia Económica”

lunes, 16 de abril de 2012

Detrás del escándalo


Esta es mi teoría: El gobierno es culpable de los elevadísimos niveles de inflación que padecemos. Aunque, ya sabemos, no están dispuestos a admitirlo. De hecho, hace poco, Marcó del Pont esbozó la teoría de la inflación como problema de oferta y del sector externo[1]…. No es de extrañar entonces que, ante este mal diagnóstico, decidan aplicar una mala solución: tomamos control de YPF y vendemos a precios bajos. Total, la diferencia la pagan los contribuyentes, o los pesos del BCRA, o los que compren deuda pública.

Ahora bien ¿se trata solo de un error económico? Veamos…

¿Hace cuánto que los argentinos aceptamos y aplaudimos la idea de que los “intereses del conjunto” están por encima de los “sectoriales”? ¿Hace cuánto que los argentinos compartimos el principio de que el “bienestar general” debe primar sobre los egoísmos individuales?

¿Cuántos están convencidos de que tanto el fútbol como la comunicación audiovisual son de “interés nacional”? ¿Cuántos son los convencidos de que los empresarios son entes egoístas contrarios al “bien público”?

¿Y cuántos son los que están firmemente convencidos de que los gobiernos de turno son los fieles representantes de ese supremo e intocable interés popular, común, nacional?

¿A quién extraña, entonces, que se anuncie con bombos y platillos que el “51% [de YPF] no va a ser manejado por ningún grupo económico privado[2]? ¿Puede sorprendernos que la expropiación se proponga sobre la base de la protección de la industria nacional, los usuarios y los consumidores[3]? ¿Llama a alguien la atención que la coacción y la violencia se escuden en el vaguísimo concepto de la utilidad pública?

Ayn Rand escribió una vez:

“Dado que no existe entidad tal como ‘el público’, dado que el público es meramente un número de individuos, cualquier supuesto conflicto del ‘interés público’ con los intereses privados implica que los intereses de algunos hombres deberán ser sacrificados para satisfacer los intereses y deseos de otros. Dado que el concepto es tan convenientemente indefinible, su uso descansa solamente en la habilidad de una pandilla para proclamar ‘el público c’est moi[4]

La pandilla de turno es hoy la administración Kirchner. Sin embargo, mientras sigamos sosteniendo las anteriormente mencionadas premisas fundamentales, el zorro podrá perder el pelo, pero jamás perderá estas mañas.



[1] “En nuestro país los medios de pago se adecuan al crecimiento de la demanda y las tensiones de los precios están por el lado de la oferta y el sector externo” http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-190369-2012-03-25.html

[3] Idem I. Industria, usuarios y consumidores que la propia política del gobierno – y no los empresarios –pone en esta situación.

[4] Ayn Rand: “La Virtud del Egoísmo”

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Existe el desinterés?


Friends fue definitivamente una de las mejores series de los últimos años. Hace poco, y dado que usualmente me gusta tratar estos temas en el blog, me recordaron de este capítulo en que Joey Y Phoebe tienen una discusión acerca del egoísmo. Me encantó.

Entonces bien. El tema está planteado: ¿Hay acciones que no sean egoístas? ¿Cuándo hacemos algo “por otro”, lo estamos haciendo verdaderamente por el otro, o lo hacemos por nosotros mismos?

Si damos una mirada a lo que el autor del tratado de economía “La Acción Humana” Ludwig von Mises tiene para decirnos, podemos acercarnos a una respuesta:

“En el estricto sentido del término, el hombre que actúa aspira solamente a un fin último, a la consecución de un estado de cosas que le siente mejor que sus alternativos (…)

La característica distintiva de estos fines últimos es que dependen enteramente en el juicio de valor personal y subjetivo de cada individuo, que no puede ser examinado, medido, y mucho menos corregido por ninguna otra persona.”[i]

De esta forma, cuando Joey decide participar del Teletón, la decisión y el hecho que efectivamente participe nos muestran a los demás que, dentro de sus juicios de valor personales, Joey considera “mejor” ser co-conductor del programa que quedarse en su casa sin hacer nada, o continuar en la búsqueda de otro trabajo.

Sin embargo, Phoebe dice que su acto es egoísta porque su único interés es “salir en la tele”. Desde esta perspectiva Joey es egoísta porque su acto no es desinteresado. No se trata sólo de ayudar, sino que está detrás de un beneficio, utilidad o ganancia personal.

Ahora bien ¿Existen los actos desinteresados? ¿Si Joey fuera al Teletòn simplemente porque quiere ayudar, podríamos llamar a eso un acto desinteresado? Sobre este tema, vale la pena citar las palabras del filósofo argentino Gabriel Zanotti al tratar el tema del amor de benevolencia:

“En el caso del hombre, el amor de benevolencia busca el bien del amado. En ese caso, es absolutamente necesario entender que el bien del amado y el bien del amante son sólo uno: pues el bien del amante y, por ende, lo que agrega perfección a su ser, es precisamente el bien del amado (…) La entrega al otro es "útil" para el amante, en cuanto "utilidad" hace referencia, en su máxima dimensión analógica, al bien que recibe todo ser humano en toda conducta racional.

Es así que, aunque resulte insólito, la acción racional (…) también se da en el amor de benevolencia. La entrega total al otro implica el máximo bien para la persona que hace dicha entrega, y por ende, su máxima ganancia…”[ii]

Es decir, aún cuando desde afuera parezca (o los mismos protagonistas de la acción así lo comuniquen) que un acto es totalmente desinteresado, el hecho que se realice demuestra que las partes tienen interés en llevarlo a cabo.

Sobre si ese interés es ayudar a los desposeídos o tener el mejor auto, podemos armar nuestro juicio de valor personal. Pero en ningún caso podríamos decir que tener un auto es egoísta y ayudar al prójimo no lo es.

Ambas acciones reflejan la escala de prioridades del actor. Y en ambos casos, la acción es egoísta e interesada. En este sentido, cualquier estudio serio sobre la conducta humana debería darle la razón a Joey.


[i] “Theory and History” Ludwig von Mises, 2007 Ludwig von Mises Institute.

[ii] “El Método de la Economía Política”. Gabriel Zanotti, Revista Libertas Nº40

viernes, 8 de abril de 2011

No todo es Cristian U

Si todavía no lo conocés, te cuento que Cristian Urrizaga (de aquí la “U”) es el elemento que resucitó un programa en vías de extinción como Gran Hermano y lo devolvió a posiciones envidiables en términos de audiencia cuando parecía que iba a sucumbir a la nueva propuesta del rey Tinelli, Soñando por Bailar.

La característica principal de este participante de la séptima edición del reality es que no tiene ningún escrúpulo. Su reputación de gran jugador se la ganó gracias a sus estrategias de manipulación, utilización de la mentira, y absoluta desconsideración de la sensibilidad y voluntad de sus compañeros dentro de la casa. En sus palabras, “el juego significa inventar cosas”. Más claro, agua.

Ahora bien, el espectáculo que Cristian U. nos ofrece dentro de la casa puede suscitar reflexiones respecto del egoísmo, el dinero o la competencia tales como: “El dinero es la fuente de todo mal”, “La competencia implica destruir al otro” o “Los intereses individuales están en contra de la armonía del grupo”. Y luego de esto, por supuesto, sugerir que la competencia debe estar regulada por el gobierno ya que, si no, nos matamos entre todos.

Sin embargo, estas observaciones que se ajustan a la realidad del famoso reality show, no pueden ser trasladadas a otras realidades u otros sistemas. Es decir, las estrategias manipuladoras y despiadadas de U se dan en el marco de un juego de suma cero. Lo que gana Cristian ($400.000) lo deja de ganar el resto de los participantes. Si Boca le gana a River 2 a 0, River tiene menos dos (-2) y Boca más dos (+2). Y -2+2 = 0.

Es por esto que cuando hablamos de otro tipo de sistemas, o de “juegos” de suma positiva, las aseveraciones respecto de la competencia o el egoísmo pierden su aplicación. Por ejemplo, si Burger King y Mc Donald’s persiguiendo su interés individual ($$$) compiten para quedarse con la mayor cantidad de clientes, probablemente busquen ofrecerte mejores productos, más variedad, o menores precios que su competidor.

Finalmente, esa búsqueda del interés particular, terminó beneficiando a una gran cantidad de consumidores que ahora comen más, mejor, más variado, o más barato.

En este tipo de sistema, para repetir el rutilante éxito que tiene en el programa, Cristian U tendría que basar su estrategia en descubrir la vacuna contra el SIDA, la cura contra el cáncer o el Viagra femenino. Cosas que indudablemente lo harían multimillonario, pero que al mismo tiempo elevarían la calidad de vida del mundo entero.

Creer que la actividad individual está en contra de un supuesto interés social, como muchas veces repiten nuestros principales dirigentes políticos, tiene que ver con suponer un sistema de suma cero que no se ajusta a la realidad en la mayoría de los casos.

El fantástico progreso material que ha atestiguado la humanidad en los últimos ciento cuarenta años está directamente relacionado con la existencia de sistemas de suma positiva, en donde la competencia y el egoísmo terminan generando –como colateral- beneficios para todos.[i]




[i] Lo anterior no implica dejar de lado que la corrupción, la utilización del poder en favor propio, la manipulación de ciertas leyes, y otras cuestiones dan lugar a este “choque” de intereses. Sin embargo, esto sucede porque lo que se elimina es el juego de suma positiva y se lo reemplaza por otro, donde el premio se lo gana el más amigo y no el que mejor satisface al cliente (este análisis en profundidad, en próximas entradas).

viernes, 25 de marzo de 2011

Los Aprovechadores

Juana: ¡Qué bien Tinelli que hace que su programa le cumpla el sueño a tantos chicos que necesitan!

María: ¡Ay Ju! ¿Qué decís? ¡Lo hace todo por el rating!

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José: ¿Viste la modelo que era cartonera? Además de estar muuuy buena, qué lindo mensaje envía a todos sobre la capacidad de progresar…

Lucio: ¡Calláte Joe! Seguro la contratan para poder pagarle dos pesos con cincuenta, total la mina va a aceptar o aceptar.

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Ariel: ¡Qué genio Messi! Además de ser el mejor jugador de la historia dona millones de euros para su fundación de asistencia a chicos en situación de riesgo…

Jimena: Muy ingenuo lo tuyo Ari, es obvio que lo hace para deducirlo del pago del impuesto a las ganancias. ¡Flor de vivo Lionel!

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Existe en nuestra sociedad, y probablemente en muchas otras, la idea de que las buenas acciones, las buenas de verdad, tienen que ir siempre en un solo sentido. Hacer el bien significa actuar de manera desinteresada; darle algo a otro sin contraprestación, sacrificarse.

Si algún individuo llegara –por medio de una actividad determinada- a ser parte de la mejora de la situación personal de otro y existiera la mínima sospecha de que de esa participación el primer individuo tendrá un beneficio personal, la actividad jamás ingresará al paraíso de lo moralmente correcto y su actor irá a parar al infierno de los aprovechadores.

Frente a esta idea cabe oponer dos cuestiones. En primer lugar vale la pena preguntarse por qué debería ser correcto sacrificarse por alguien de manera desinteresada. Es decir, si hoy evito gastar 10 pesos para ahorrar y comprarme una remera en dos meses, el sacrificio en el consumo presente me beneficia en un “mejor” consumo futuro.

Ahora, si yo sacrifico 10 pesos hoy regalándoselos a un individuo desconocido, ni en el presente ni en el futuro obtendré un resultado favorable de dicha acción. Mi sacrificio redunda directamente en el beneficio de este otro sujeto, pero es un juego donde uno pierde y otro gana. ¿Qué tiene de moralmente correcto este sistema? Nada.

Una segunda oposición a la idea de mandar a todos los aprovechadores al infierno es el papel que éstos cumplen en determinados sistemas. El economista profesor Israel Kirzner, en su crítica a la teoría de la competencia perfecta, indica que la realidad no se caracteriza por la existencia de mercados de competencia perfecta sino más bien por la existencia de mercados de conocimiento imperfecto (lo que significa que la razón por la cual en el barrio de Caballito compramos manzanas a 6 pesos el kilo es que no sabemos dónde conseguirlas más baratas).

Dado este conocimiento imperfecto, es el empresario –el aprovechador por excelencia- el que verá en estas imperfecciones oportunidades de beneficio. Si descubre que en Mataderos el kilo de manzanas está a dos pesos y agregando el precio del traslado puede revenderlo a 4$ y hacer negocio, entonces no dudará en aprovechar la situación para ganar dinero. Como colateral, este beneficio individual redunda en uno “social” para quienes viven en Caballito.

Sin embargo, si bien en términos generales este sistema se entiende y se juzga como mejor que otros, la noción de que la búsqueda del beneficio personal y que el egoísmo son intrínsecamente perversos, genera un sistema legal que impide el desarrollo de este proceso de manera eficaz.

En consecuencia tenemos leyes laborales que impiden la libre contratación, leyes que impiden el libre comercio y leyes que obligan a regalar ganancias al Estado para que éste redistribuya la riqueza.

Pero el tema no es económico sino de principios. Hasta no abandonar la hipocresía que implica la idea de que el sacrificio desinteresado es superior al interés personal, hasta que no admiremos a los aprovechadores y diseñemos un sistema en que el beneficio de ellos sea el beneficio del resto, las posibilidades de vivir en un país donde todos tengan una mejor calidad de vida seguirán siendo muy bajas.

jueves, 20 de enero de 2011

Mi videoclub y el problema del INDEC

Hace unos días fui al videoclub de la vuelta de mi casa (“Videoclub Los Amigos”) interesado por comprar películas originales en formato DVD. Esto no habría sucedido de no ser porque hace meses que el pequeño local viene ofreciéndolas desde diez pesos y, considerando que un DVD nuevo cuesta entre $25 y $140, la propuesta me sonó muy atractiva.

Al ingresar al negocio, el escenario era obvio. Si bien lo sospechaba, los carteles de “Alquiler 2x1” o “Venta de DVD’s originales desde $10”, sumados a la aparición de un kiosco insertado en el local y una provisión de remeras a la venta, confirmaron que mi vecino videoclub estaba desapareciendo.

Entonces, luego de preguntar por algunos títulos para comprar, arriesgué:

- El tema de los DVD truchos los golpeó mucho, ¿no? ¿Están pensando en cerrar?

- No, no, no, para nada. Es cierto que se siente, pero ahora, por ejemplo, con el 2x1 la gente se copó bastante…

Por más que la evidencia demostraba que esa respuesta no se ajustaba a la realidad –es decir, que “Los Amigos” iba a pasar a ser el cuarto quiosco de la cuadra- el señor no se sinceró conmigo.

Pensando en su falta de honestidad, luego me planteé ¿Y por qué habría de serme honesto? ¿O acaso si tenemos un problema conyugal y un desconocido nos pregunta cómo andamos le decimos “pésimo” y procedemos a explicarle?

Más aún, estando el hombre interesado en que yo le compre los DVD a los precios que él exigía ¿le convenía decirme que el negocio andaba en baja, dándome a mí un mayor poder de negociación? Cuando van a vender su auto ¿cuentan lo mucho que consume, el ruidito que hace la caja cuando rebajan de cuarta a tercera, o la vez que un amigo se emborrachó y terminó vomitándoles todo el asiento trasero? Probablemente no.

Ahora bien, supongamos que a estas “técnicas de venta” las llamáramos “bajeza de la naturaleza humana” y le preguntáramos a John Locke qué piensa de ella.

“Al que creyere que el poder absoluto purifica la sangre de los hombres y corrige la bajeza de la naturaleza humana, le bastará leer la historia de esta edad o de cualquier otra para convencerse de lo contrario. Quien hubiere sido insolente y dañoso en los bosques de América no resultará probablemente mucho mejor en un trono…”[i]

Es decir, si nosotros somos como somos, y nuestros gobernantes son seres humanos como nosotros, no deberíamos esperar que actúen distinto. He aquí lo que sucede con el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Hasta en su página de internet se evidencia su dependencia del Ministerio de Economía. Por más organismo técnico y autárquico que quiera ser, la última palabra la tiene Amado Bodou, o sea, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

¿Y qué interés real tiene la presidenta en blanquearnos el desastre económico que ella y el ex presidente le han dejado al país? ¿No es perfectamente congruente con sus intereses ocultar la inflación y decir que la pobreza disminuye y que el trabajo abunda? ¿Y qué va a hacer que no nos mienta en la cara si tiene todas las herramientas para hacerlo impunemente?

Para evitar los excesos de la monarquía absoluta John Locke propuso un sistema de división de poderes y un gobierno limitado principalmente por una Constitución. Una alternativa para evitar que el gobierno siga dibujando números podría ser pasar el control del INDEC al Congreso.

Otra alternativa –que creo definitiva- sería dejar las estadísticas a alguien que ponga en juego su nombre, su prestigio y su patrimonio en el compromiso con la verdad. Alguien que, al incurrir en maniobras oscurantistas, vea afectada su credibilidad y esto le genere un quebranto económico.

Hasta ahora, ningún ente público ha presentado estas características.


[i] John Locke. “Segundo Ensayo Sobre el Gobierno Civil”. Ediciones Libertador, Buenos Aires 2004.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Jurando por un Sueño

O una pesadilla...

Hace poco asistí a la ceremonia de colación de grado de la Facultad de Ciencias Económicas, en donde recibí de manos de las autoridades mi diploma de Licenciado en Administración.

Si bien la última materia la rendí hace dos años, los trámites burocráticos toman su tiempo y uno es agraciado si recibe su diploma al año de concluir los estudios. Uno de estos trámites consiste en elegir la “fórmula del juramento profesional”.

Para asegurar que tendremos una conducta ética y responsable, y no defraudaremos maliciosamente a nadie en el ejercicio de nuestra profesión, se nos hace jurar ante algo supuestamente “superior”. Las fórmulas a elegir pueden ser:

Fórmula #1: “Juro por dios nuestro señor y estos santos evangelios, la patria y el bienestar de la humanidad y los derechos humanos, arreglar mi conducta a los dictados del bien y de las leyes, dedicar con empeño patriótico mis esfuerzos al engrandecimiento de la nación, poner íntegra y lealmente al servicio de la sociedad y de mis semejantes los conocimientos de mi profesión, de mi arte o de mi ciencia. Si así no lo hiciera, dios, la patria y la humanidad me lo demanden"

Fórmula #2: "Juro por la patria, el bienestar de la humanidad y los derechos humanos, arreglar mi conducta a los dictados del bien (…) Si así no lo hiciera, la patria y la humanidad me lo demanden"

Fórmula #3: “Juro por dios, la patria y el bienestar de la humanidad y los derechos humanos, arreglar mi conducta a los dictados del bien (…) Si así no lo hiciera, dios, la patria y la humanidad me lo demanden".

Como puede observarse, Dios y los Santos Evangelios pueden obviarse en vista de que haya ateos o religiosos no católicos entre los graduados. Sin embargo, la patria, el engrandecimiento de la nación y el servicio a la sociedad deben mencionarse siempre.

¿Y qué hay del que quiere trabajar por su futuro personal? ¿Quién considera al que quiere procurar el bienestar a su familia mediante el esfuerzo y el trabajo? ¿Por qué no se puede jurar por engrandecer la cartera de clientes y ponerse al servicio de ellos cuando nos necesiten?

Se ve que al lado de “lo patriótico”, las inclinaciones personales, quedan en segundo plano.

Ahora bien, respecto de la cuestión religiosa, ya sea que exista dios o no, sus intérpretes siempre fueron seres humanos. Y cuando los reyes decían recibir su autoridad de éstos, no evitaron caer en las tentaciones del poder, lo que terminó con el colapso de las monarquías absolutas por derecho divino de la Edad Media.

Con conceptos como “la patria”, el “bienestar de la humanidad” y el engrandecimiento de la nación, el problema es el mismo: su interpretación. ¿Quién vendrá a interpretar al pueblo y la nación cuando éstos deban demandarnos?

No hace mucho en una de sus editoriales Jorge Lanata nos recordaba –en crítica al nuevo director de Télam, Martín García, y a Federico Luppi- que no hay solamente “un pueblo”:

“García dice en una nota de La Nación: ‘estamos del lado del pueblo’, como si el pueblo tuviera un solo lado ¿No? ‘Nosotros somos el pueblo’. Mirá vos. Tanto García, como Luppi quizás representen al 40%, 50%, al 60% o al 95% de la población, pero no son toda la población. No son el pueblo. Todos somos el pueblo.”

Si bien someter nuestro accionar a algo que consideramos superior parece revestir un carácter sagrado e inviolable que asegurará nuestro buen desempeño, aceptar – ¡y jurar!- que debemos trabajar por “la nación” y servir a “la sociedad” es el caldo de cultivo para que cualquier presidente o funcionario se arrogue la representación de éstas y en su nombre vulnere los derechos más esenciales de los ciudadanos.

Los más conocidos dictadores –que en su mayoría gozaron de alta aprobación popular en sus comienzos- siempre olvidaron el detalle que el pueblo somos todos, y no su propia versión de éste.

Y dado que nadie puede representarnos fehacientemente a los cuarenta y algo de millones que ya debemos ser, es un buen momento para replantear la validez de estos juramentos y juzgar su real trascendencia.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El Oso Garassino, Albredi y los valores

Además de morirme de risa al recordar a algunos profesionales del deporte, el último comercial de "Minicuotas Ribeiro®" me llamó a la reflexión.

Crisis de valores

Allá por el 2001, el clamor popular era “que se vayan todos”. La clase política había decepcionado a la población y el desempleo y el hambre dieron lugar a una situación desesperante para muchos.

Luego de investigar si el problema era político; si debíamos achicar el gasto como decía López Murphy; si debíamos armar una canasta de monedas como decía Cavallo; o si teníamos que abandonar la convertibilidad como se terminó haciendo, algunos se animaron a decir que el problema argentino era “de valores”. Muchos coincidimos.

En un país donde nadie cumple los contratos, nadie llega temprano, nadie respeta el tiempo ni el dinero de los otros, no podemos esperar que los políticos actúen distinto.

Sin embargo, si bien el planteo es, a mi juicio, bastante acertado, la solución que la gran mayoría le vio a este problema es, al menos, cuestionable.

Necesitábamos más educación. Necesitábamos aprender “valores” en el colegio.

Ahora bien ¿cuál es la posibilidad de que si a mí me dicen que tengo que respetar a los otros en el colegio, el día de mañana, cuando mi falta de respeto no represente ningún costo, vaya a procurar ser respetuoso? ¿Por qué voy a “valorar” algo como importante si, de no hacerlo, no pierdo nada?

¿Por qué los que manejaban los bancos, en lugar de resolver la situación de sus clientes –o por lo menos intentarlo- aceptaron silenciosamente el corralito? ¿No les dijeron en el colegio que lo tuyo es tuyo y lo mío es mío? Y si hubieran cursado la materia “No le robes a los clientes” ¿habrían actuado distinto?

Mi presunción es que no.

¿Educación o sistema?

En uno de sus argumentos a favor de la inmigración, Juan Bautista Alberdi sugiere:

No pretendo que la moral deba ser olvidada. Sé que sin ella la industria es imposible; pero los hechos prueban que se llega a la moral más rápido por el camino de los hábitos laboriosos y productivos de esas naciones honestas que no por la instrucción abstracta

Volviendo al Oso Garassino y las "minicuotas", en un contrato de mutuo, el prestador debe dar confianza y respaldo al que pide el crédito si quiere que éste lo recomiende con sus amigos. Por otro lado, el prestatario se obliga a devolver el préstamo en la cuantía y los plazos pactados. De no hacerlo, se arriesga a que el prestamista haga correr la voz y se pierda el crédito para siempre.

De aquí que sea importante conservar el valor de la palabra.

Es decir, la “industria”, como Alberdi llama a la actividad comercial, y los "hábitos laboriosos y productivos" de ésta pueden ser mucho más poderosos que cualquier intento escolar y abstracto de “evangelizar” y moralizar a los individuos.

Por más que a alguno le resulte difícil de creer, el interés individual –considerado egoísta y aprovechador- puede terminar siendo una fuente creadora de valores morales tales como el respeto, el pago a tiempo, la producción de calidad, el buen trato, la amabilidad y -como se le exige a Garassino- el valor de la palabra empleada.

Entonces, si aceptamos que la crisis es verdaderamente filosófica y moral, tenemos que poner seriamente en duda si la resolución pasa por crear más escuelas, o por facilitar la creación de empresas y promover un sistema de libre competencia donde faltar a la palabra represente un perjuicio económico y confiscar los depósitos represente la desaparición absoluta y perpetua de la empresa en el mercado.

Finalmente, es importante destacar que tal sistema no existe hoy en día, por lo que no deberíamos sorprendernos si llegáramos a vivir situaciones similares en el futuro.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Lecciones de Ratatouille I


De Rousseau a Kirchner que venimos comprando la siguiente idea:

"... tratar de servir al intereses del conjunto por sobre los intereses sectoriales (...) poner el bien común por sobre los intereses individuales..."(1)




Lección de Ratatouille #1: Si aceptamos que existe un interés social que se enfrenta y debe anteponerse al interés individual, entonces tus deseos, talentos, capacidades y esfuerzos terminarán siendo otra pieza más del engranaje.

Remy quería ser Chef y tenía las condiciones y la motivación para serlo, pero su padre encontró el lugar exacto para él dentro de la colonia. Una suerte de control de bromatología roedor. Ahí le sería útil a la "sociedad".

El asunto es: ¿Quién interpreta la voluntad de esa supuesta "sociedad", la voluntad del "grupo", la voluntad de tu "pueblo", tu "nación"?

Para Remy, fue su padre, el líder. ¿Y para nosotros? ¿Serán nuestros gobernantes? ¿Pueden ellos saber cuál es el interés denominador común de 40 millones de personas? ¿Y si se equivocan? La propuesta es demasiado riesgosa.

jueves, 14 de octubre de 2010

Estilo K (ant)

En una de las tantas anécdotas personales que supone nos interesan cuando escuchamos algún discurso suyo, la presidente aprovechó para decir que –además de que, al igual que Macri, se aburría en el congreso- ella nunca en su vida había considerado los costos políticos de sus acciones:

Yo sé que… las especulaciones, sé que toda esa cosa de que el costo político. Miren si yo hubiera pensado en costos políticos. Nunca, en mi vida, pensé en costos políticos…

El comentario fue apenas deslizado, como si no tuviera mucha importancia (de hecho más trascendencia política tenía el veto al 82% móvil que acababa de anunciar). Sin embargo, creo que es algo que no debe obviarse.

¿Por qué la presidente, que es política, se dedica, aunque sea un segundo, a remarcar que no especula con los costos políticos de sus decisiones? ¿Alguno imaginaría a José Meolans o a Juan Martín del Potro comunicando su poco interés por el costo deportivo de sus acciones? ¿Qué habría pasado si Julio Bocca no hubiera sopesado bien los costos artísticos en su carrera? ¿Te imaginás qué pasaría si vos no tuvieras en cuenta el costo, cada vez que vas al supermercado? ¡Ojalá pudiéramos!

Pero el problema no es la K de Kirchner, el problema es la K de Kant:

“... tanto mayores serán la grandeza y la dignidad interior de un mandato cuanto menores sean las causas subjetivas favorables y mayores las contrarias, sin debilitar por ello en lo más mínimo la construcción de la ley ni disminuir un ápice su validez.”[i]

Para Kant, las leyes que gobiernan nuestras acciones personales en absoluto deben estar afectadas por nuestras preferencias. Jamás pensarás ni en el beneficio ni -dios nos libre- en el costo de tus acciones para actuar. Siempre te referirás a una ley moral superior… el imperativo categórico, digamos.

En el mundo kantiano, por consiguiente, el egoísmo es malo y nuestras acciones necesariamente deben estar libres de la influencia de nuestros “salvajes deseos”. Ergo, las empresas operan para dar trabajo, los artistas trabajan para alegrar a su público, los deportistas compiten por su bandera y los obreros mezclan cemento porque aman los edificios.

Este mundo idealizado y utópico que pinta Kant nos ha dejado dos huellas imborrables. La primera es una culpa insostenible. Nadie puede ser rico en el país, si tenés un Mercedes-Benz, sos un inmoral, un cagador o, para peor, un hábil financista, un tipo inteligente, un buen hombre de negocios.

La segunda huella es que tus objetivos personales no son suficientes para justificar tus actos. Debe haber “algo más”, algo superior, tenés que ser parte de una “causa”.

Cristina Kirchner sintetizó esa causa en su brindis del bicentenario:

la Patria, el pueblo y porque cada uno de nosotros, desde cada lugar que nos toque desempeñar nuestra tarea, se haga con lealtad a esa Patria y a ese pueblo.”

Patria, pueblo, lealtad, ¿cuántos crímenes se seguirán cometiendo en tu nombre?




[i] Immanuel Kant. “La Metafísica de las Costumbres”. Ediciones Libertador. (Texto completo)

viernes, 13 de agosto de 2010

De Náufragos, Piratas y Jubilados

La argentina es un país en donde todo puede pasar. Tanto es así que los defensores de “los desprotegidos” y la “justicia social”, tienen que salir a defenderse porque los “representantes de grupos económicos” y los que “sólo se interesan por sus intereses”, les exigen que se aumenten los haberes de los jubilados.

¿Tom Hanks o Johnny Depp?

Recordemos la película Náufrago, protagonizada por Tom Hanks. Cuando Chuck Noland despierta en la isla desierta donde ha naufragado, ¿Tiene derechos, por ejemplo, tiene derecho a la vida en la isla?

Decir que sí los tiene puede sonar atractivo pero seguramente sea difícil convencer a sus vecinos (animales feroces, bacterias y plantas venenosas) de que deben respetarlos. Que Tom Hanks no tenga derecho a la vida ¿quiere decir que va a morir? Claramente no. A él lo asistirá ahora su mente. Será su capacidad de razonar lo que lo guiará a la supervivencia. Intentará pescar, intentará comer de los árboles y en estos intentos podrá triunfar o equivocarse, dando lugar a su supervivencia o su deceso.

Ahora imaginemos que el protagonista está bastante asentado en su isla y tiene una rutina diaria que consiste en levantarse a la mañana, ir a pescar, asar lo que pescó, armar su balsa para escapar, comer frutos de noche y volver a dormir.

En medio de su armonía aparece otro habitante de la isla (el ex pirata Jack Sparrow devenido en náufrago) cuya rutina consiste en despertarse, ver qué vecino suyo pescó algo, robárselo, comérselo e irse a dormir. A Chuck Noland no le hará ninguna gracia convivir con su nuevo vecino.

Hasta aquí podemos extraer dos conclusiones. La primera es que el hombre sin derechos puede vivir tranquilamente. La segunda es que el hombre sin derechos en un mundo de dos o más hombres, no tanto. El derecho, entonces, surge de una valoración moral sobre qué rutina es mejor. Si la de Chuck Noland o la de Jack Sparrow.

A esta rutina que consiste básicamente en “cómo voy a sobrevivir” Ayn Rand la denomina “código moral” y encuentra en él la base para el derecho:

“Los ‘derechos’ son un concepto moral – el concepto que provee una transición lógica desde los principios que guían las acciones de un individuo, a los principios que guían sus relaciones con otros- el concepto que preserva y protege la moral individual en un contexto social- el nexo entre el código moral de un hombre y el código legal de una sociedad”[i]

Para Rand, la naturaleza nos dota de razón y ésta es la que nos permite gobernar nuestra vida. Gracias al razonamiento, el ser humano actúa en infinitos procesos de prueba y error para llevar a cabo su propósito, sobrevivir (al igual que las plantas y los animales sólo que ellos lo hacen por instinto y nosotros porque usamos la cabeza).

En este sentido, aceptar las premisas de Sparrow sería tomar como moral algo que, en el fondo, permite sobrevivir a uno pero a expensas del otro. El derecho aparece, entonces, para que esto no pase.

¿Grande Pa o intereses políticos?

¿Por qué proteger al personaje de Tom Hanks y no al pirata de Disney si los dos están, a la larga, tratando de satisfacer su deseo de alimentarse? ¿No es la alimentación, acaso, un derecho humano?:

“Lógicamente, un derecho humano fundamental es aquél que todo individuo posee y puede ejercer en la exacta misma forma en todo momento en el tiempo. Si la persona A reclama un derecho que, cuando ejercido, niega el mismo derecho a la persona “B”, el alegado derecho pertenece sólo a A, no a B.”[ii]

Entonces volviendo: ¿Qué es el derecho a la vida? ¿Es el derecho a que si me enfermo, nadie me impida contratar un servicio de salud o es el “derecho” a que los proveedores de servicio de salud se ocupen de mi vida más allá que yo pueda o no contratarlos? ¿Es el derecho a la vida el derecho que yo tengo de trabajar durante todos los años que desee para poder construir un futuro cuando ya no tenga tantas fuerzas para trabajar o es el “derecho” que tengo a que otros se hagan cargo de mi futuro sin importar mi esfuerzo?

Entender mal el concepto de derecho nos lleva a entender mal el concepto de Estado y creo que la principal consecuencia vemos en la Argentina de hoy donde el Estado no es un ente dedicado a proteger la vida y la libertad de los individuos sino un padre dedicado a proteger a los hijos que menos pudieron obligando a los hijos que mejor les fue a financiar a sus hermanos.

Este es el principio que guía los planteos de “Seguridad Social” y el que apoya la intervención de Cristina en tu Billetera (perdón, la intervención del Estado en la Economía). Richard Ebeling describe esta situación para los Estados Unidos pero bien podría ser aplicado al caso argentino:

“Por setenta años el gobierno de los Estados Unidos ha asumido un rol paternalista en la supervisión y el planeamiento de nuestro retiro. Nosotros los americanos hemos sido vistos y tratados como niños irresponsables a los que no se les puede confiar el planeamiento de su propio futuro”[iii]

Aun suponiendo que efectivamente la mayoría seamos niños irresponsables ¿Es justo que los pocos adultos responsables deban compensar la irresponsabilidad de los primeros? ¿Está bien que consideremos al Estado como un Gran Papá que se tiene que hacer cargo de nosotros y salvarnos de nuestros propios errores? ¿Y cómo lo va a hacer? ¿A expensas de quién?

Nacionalización de AFJP’s y 82% Móvil

Bien, si todavía creemos que más allá de que el sistema sea injusto para algunos es “mejor para la mayoría” y que por eso vale la pena llegamos al planteo de la “nacionalización” del sistema jubilatorio y al planteo que la oposición le hace al gobierno de aumento de haberes.

En el esquema tal como está, no se discute quién debería ser responsable de su vida, cómo vivir en una sociedad libre en la que a nadie se le imponga cargar con la vida de una persona que no eligió, sino cuál de los dos grupos (gobierno u oposición) es más bueno y es más generoso.

La triste realidad es que ni Cristina ni Pinedo, Carrió o Morales son generosos por ocuparse de los jubilados. La generosidad y solidaridad implica necesariamente la participación voluntaria de los aportantes.

Lo único que hacen nuestros dirigentes es jugar a la demagogia con la plata de todos y ver quién engaña mejor al electorado para triunfar en los próximos comicios.

Invito a todos ellos, oficialistas y opositores, a abolir el sistema jubilatorio y crear la “Fundación JubilAR” a la que voluntariamente donarían el 11% de sus ingresos mensuales para ayudar a aquéllos mayores que no llegan a fin de mes.

Ése día se va a cumplir el sueño que muchos tuvieron en el 2001. Se van a borrar todos.


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[i] “Men’s Rights”, por Ayn Rand en “The Virtue of Selfishness”, 1964.
[ii] Charles Baird en “Liberating Labour
[iii] Richard Ebeling en “Abolishing Social Security - Through Privatization!”, Septiembre de 2005, “The Freeman”.

viernes, 2 de julio de 2010

Totalitarismo versión Argentina 20.10

(El presente artículo está inspirado en “La mentalidad nazi en Estados Unidos” de Jacob G. Hornberger -director de la fundación “The Future of Freedon Foundation”- publicado en los números de Agosto y Septiembre de 1994 de la publicación mensual “Freedom Daily”.)


Unas décadas atrás, el premio nobel de economía Friedrich Von Hayek publicaba en su libro “Camino de Servidumbre”[i] una tesis que conmocionaría al mundo: Que la dirección planificada de la economía llevaba indefectiblemente a la dirección centralizada de la vida misma del hombre dentro de la sociedad. Además, advertía a los países aliados que, a pesar de enfrentar militarmente a los regímenes totalitarios, no diferenciaban mucho sus políticas económicas de éstos.

Si bien la Argentina se hizo esperar para declararle la guerra al Eje, pocos pensarían hoy que el nazismo tiene algún asidero en el país. Sin embargo, Hayek tenía un punto.

Prestemos atención a los siguientes extractos de la postulación de principios del Partido Nacionalsocialista alemán de 1920:
  • "Nosotros peticionamos que el gobierno provea a los ciudadanos por sobre todas las cosas de igualdad de posibilidades en lo laboral y en los medios para ganarse la vida".

  • "Las actividades individuales no deben superponerse a los intereses de la comunidad, sino llevarse a cabo dentro de ella y para el bien de ella… "

  • "Exigimos ganancias compartidas en los grandes negocios"

  • "Exigimos ampliar la seguridad social de la tercera edad"

  • "… el gobierno debe proveer una gran extensión de todo nuestro sistema de educación pública..."

  • "Combatiremos el espíritu materialista dentro y fuera de nosotros, y estamos convencidos que la permanente recuperación de nuestra gente sólo procederá bajo la insignia ‘El Bien Común antes que el Bien Individual’."
De lo anterior se concluye que existe un “bien social” y que, en ciertas oportunidades, éste entra en conflicto con el “bien individual”. Es decir, mi búsqueda del beneficio podría ir en contra del beneficio de todos.

La misma idea es expresada por Marx cuando, en su obra “El Capital”, describe el proceso de la plusvalía, la acumulación y la explotación:

“El capitalista no se enriquece, como el labrador o el artesano independiente, en proporción a su trabajo particular y a su sobriedad personal, sino proporcionalmente al trabajo gratuito de otro que absorbe y a la privación de todos los placeres de la vida que inflige a sus obreros”[ii]

Nazis y comunistas, entonces, coinciden en que el bien individual está en contra del bien grupal y que, en las ocasiones en que se enfrenten, el gobierno debe hacer prevalecer al grupo y sacrificar al individuo. Sin embargo, si bien iguales en los principios, marxistas y nacionalsocialistas se diferencian en los métodos.

Como escribiera Leonard Peikoff en “The Ominous Parallels”:


"Contrarios al marxismo, los nazis no postulan el poder estatal de los medios de producción. Ellos exigen que el gobierno supervise y controle la economía nacional. El tema de la propiedad legal es secundario, dice el nazismo; el punto del control es aquí fundamental. Los individuos, por lo tanto, continúan siendo propietarios, siempre y cuando el Estado se reserve el absoluto derecho de regular la propiedad".

En función de esto, no podríamos sugerir que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner sea marxista. Sin embargo, no podemos decir lo mismo acerca de su fuerte raigambre totalitaria.

Si bien esto no sólo es patrimonio de ella y su marido (ya que, en coincidencia con la descripción de Peikoff la propiedad en Argentina ha estado controlada y regulada desde las primeras décadas del siglo XX) podría afirmarse que Cristina Kirchner habría aplaudido la proclama de 1920 de haber tenido la oportunidad. De hecho ¿no ha obrado bajo principios similares?:

“Este Estado ha construido desde 2003 un proyecto de país absolutamente diferente, poniendo al mercado controles y regulaciones… este es un Estado que ha ayudado mucho al mercado y que no hizo lo que hicieron con él. Al contrario, el año pasado, cuando el mundo se caía, estuvo presente el Estado en todos los frentes (…) Fuimos después de China, según la ONU, el país que más esfuerzo fiscal puso para hacer frente a la crisis…”[iii]


La moderna demagogia ya no pone al Mercado en el banquillo de los acusados, sino que lo lleva al diván. Es decir, el mercado no es malo por sí sólo pero como, en el fondo, está guiado por aquellos sentimientos oscuros del hombre como la “codicia” y el “interés personal”, como un paciente psicótico, debe ser “ayudado”.

A esta altura, no nos sorprende que CFK tenga este razonamiento. Sin embargo, sí sería lamentable que (más allá que no nos guste este gobierno o lo critiquemos) compartiéramos sus principios ideológicos básicos.


La crisis es filosófica. El interés “social” no existe sino como una suma de nuestros bienes individuales y cada individuo está capacitado para descubrir cuál es su “bien” siempre y cuando respete la vida y la propiedad de otros. Cualquiera que diga lo contrario miente y, voluntariamente o no, está plantando la semilla de los regímenes más trágicos de la historia del hombre.