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lunes, 4 de junio de 2012

¿Es la corrupción inherente al modelo?


Luego de nueve años ininterrumpidos de kirchnerismo es lícito extraer algunas conclusiones acerca de en qué consiste el modelo. Desde un punto de vista estrictamente económico, por ejemplo, puede decirse que se trata de un gobierno de corte neokeynesiano que cree firmemente (tal vez más que el propio Keynes) en la intervención del estado en la economía.

En otro orden de cosas, una de las cuestiones destacadas y que sensibilizan tanto a seguidores como a detractores, son los repetidos escándalos de corrupción (como Skanka, Antonini Wilson, la bolsa en el despacho de Felisa Miceli, los taxis aéreos de Jaime y la ex imprenta Ciccone) que, en su mayoría, suelen quedar en la nada.

Ahora, si bien estas parecen ser dos características centrales del modelo, no existen muchas voces que estén pensando en relacionarlas. ¿Hay alguna relación entre el intervencionismo económico que el kirchnerismo practica y los episodios de corrupción que lo salpican? ¿Podemos hablar de un modelo inherentemente corrupto o el intervencionismo y los comportamientos ilícitos de los funcionarios transitan caminos paralelos?

Desde hace más de 10 años, la Heritage Foundation y el diario Wall Street Journal de los Estados Unidos elaboran un índice de libertad económica que, en función de diversas variables como la presión fiscal, el gasto público, la facilidad para crear negocios, la flexibilidad laboral o la libertad del comercio exterior, clasifica a los países desde el “más libre” hasta el “menos libre” o, lo que es lo mismo, desde el menos intervenido hasta el más intervenido.

Por su parte, la asociación civil internacional líder en la lucha contra la corrupción, Transparency International, también elabora un ranking de países pero de acuerdo a la percepción de corrupción de su sector público. En este índice de percepción de corrupción (CPI, por sus siglas en inglés) los países que obtienen mejor “nota” (en una escala de 1 a 10) son aquellos con menor corrupción mientras que los que reciben notas bajas  son aquellos cuyo sector público es sospechado de ser muy corrupto.

Lo curioso del asunto y lo que venimos a poner de manifiesto en esta oportunidad es que si unimos las conclusiones de estos dos estudios, pueden observarse asombrosas coincidencias en ambos índices: Singapur, el segundo país más libre del mundo económicamente hablando, por ejemplo, ostenta la quinta posición en el índice CPI. El caso de Nueva Zelanda también es interesante, ocupando el primer puesto en cuanto a transparencia y el cuarto en lo que a libertad económica respecta.

De manera análoga, si miramos los rankings desde abajo encontraremos que países como Venezuela o Guinea Ecuatorial se encuentran entre los diez últimos puestos tanto en el índice de la Heritage Foundation como en el de Transparency International.
Lo relevante, sin embargo, es que estas no son meras coincidencias sino que la tendencia se repite a lo largo de ambos estudios y si graficamos los resultados, lo que obtenemos también es contundente:
Si bien los datos “desnudos” por sí solos no permiten establecer causalidad es, por lo menos, significativo que todos los países que tienen altos grados de libertad económica gocen a la vez de bajos índices de corrupción percibida – o sea, altos índices de transparencia – y que aquellos cuyos gobiernos sean muy corruptos sean países con poca libertad económica.

Dicho sea de paso, tanto Argentina como Angola  se encuentran entre los 20 países más intervenidos del mundo[1]. Además, Angola también está entre los 20 países más corruptos mientras que la Argentina está un poco mejor, ocupando el puesto 83 en un total de 182[2]. Acaso sea esta la estrecha relación que últimamente parece unir a sus gobiernos.

Volviendo al inicio, para responder la pregunta de si el modelo argentino es inherentemente corrupto, primero  tendríamos que poder responder si los países menos intervenidos son inherentemente transparentes. Una teoría podría señalar que debido a que los países donde el sector público es menor, existen menos posibilidades de incurrir en actos corruptos. Es decir, como hay menos regulaciones, la posibilidad para “cobrar peajes” es menor.

Si esto fuera cierto no debería extrañarnos que un país como Venezuela, que hace años viene profundizando su camino hacia el “socialismo del siglo XXI” sea uno de los países más corruptos del mundo.

Por último, si dicha teoría fuera cierta, parecería razonable que en el país cuyo modelo de intervención es el predilecto del economista Paul Krugman, los episodios de corrupción estén a la orden del día y sean cada vez escandalosos.


[1] Para ver el índice completo hacer click aquí o ir a: http://www.heritage.org/index/ranking
[2] Para ver el índice completo hacer click aquí o ir a: http://cpi.transparency.org/cpi2011/results/#CountryResults
*Fuente del gráfico: Fuente: Economic Freedom Index (2012) y Corruption Perceptions Index (2011)

jueves, 14 de octubre de 2010

Estilo K (ant)

En una de las tantas anécdotas personales que supone nos interesan cuando escuchamos algún discurso suyo, la presidente aprovechó para decir que –además de que, al igual que Macri, se aburría en el congreso- ella nunca en su vida había considerado los costos políticos de sus acciones:

Yo sé que… las especulaciones, sé que toda esa cosa de que el costo político. Miren si yo hubiera pensado en costos políticos. Nunca, en mi vida, pensé en costos políticos…

El comentario fue apenas deslizado, como si no tuviera mucha importancia (de hecho más trascendencia política tenía el veto al 82% móvil que acababa de anunciar). Sin embargo, creo que es algo que no debe obviarse.

¿Por qué la presidente, que es política, se dedica, aunque sea un segundo, a remarcar que no especula con los costos políticos de sus decisiones? ¿Alguno imaginaría a José Meolans o a Juan Martín del Potro comunicando su poco interés por el costo deportivo de sus acciones? ¿Qué habría pasado si Julio Bocca no hubiera sopesado bien los costos artísticos en su carrera? ¿Te imaginás qué pasaría si vos no tuvieras en cuenta el costo, cada vez que vas al supermercado? ¡Ojalá pudiéramos!

Pero el problema no es la K de Kirchner, el problema es la K de Kant:

“... tanto mayores serán la grandeza y la dignidad interior de un mandato cuanto menores sean las causas subjetivas favorables y mayores las contrarias, sin debilitar por ello en lo más mínimo la construcción de la ley ni disminuir un ápice su validez.”[i]

Para Kant, las leyes que gobiernan nuestras acciones personales en absoluto deben estar afectadas por nuestras preferencias. Jamás pensarás ni en el beneficio ni -dios nos libre- en el costo de tus acciones para actuar. Siempre te referirás a una ley moral superior… el imperativo categórico, digamos.

En el mundo kantiano, por consiguiente, el egoísmo es malo y nuestras acciones necesariamente deben estar libres de la influencia de nuestros “salvajes deseos”. Ergo, las empresas operan para dar trabajo, los artistas trabajan para alegrar a su público, los deportistas compiten por su bandera y los obreros mezclan cemento porque aman los edificios.

Este mundo idealizado y utópico que pinta Kant nos ha dejado dos huellas imborrables. La primera es una culpa insostenible. Nadie puede ser rico en el país, si tenés un Mercedes-Benz, sos un inmoral, un cagador o, para peor, un hábil financista, un tipo inteligente, un buen hombre de negocios.

La segunda huella es que tus objetivos personales no son suficientes para justificar tus actos. Debe haber “algo más”, algo superior, tenés que ser parte de una “causa”.

Cristina Kirchner sintetizó esa causa en su brindis del bicentenario:

la Patria, el pueblo y porque cada uno de nosotros, desde cada lugar que nos toque desempeñar nuestra tarea, se haga con lealtad a esa Patria y a ese pueblo.”

Patria, pueblo, lealtad, ¿cuántos crímenes se seguirán cometiendo en tu nombre?




[i] Immanuel Kant. “La Metafísica de las Costumbres”. Ediciones Libertador. (Texto completo)