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viernes, 25 de mayo de 2012

202 Años

25 de Mayo. Un día importante para la Argentina pero un día aun más importante para La Crisis es Filosófica. Cumplimos dos años y el país no ha mejorado mucho. De hecho, la situación está bastante peor, siendo el último escándalo que un organismo fiscal se tome atribuciones policiales y prohíba de facto la compra-venta de moneda extranjera utilizando como pretexto un argumento que ignora el principio esencial de presunción de la inocencia (ya que al manifestar tu voluntad de comprar dólares el acusado tiene que probar que no es un delincuente).

En otro orden de cosas, la Corte Suprema da su visto bueno a una ley inconstitucional y los jueces y el congreso no cesan en su afán por garantizar la impunidad de los funcionarios corruptos que tenemos.

He aquí el maravilloso logro del “modelo”: dividir a la sociedad en dos clases bien diferenciadas. La de los gobernantes que gozan de toda la impunidad posible y la de los gobernados, cada vez más preocupados por la inflación, la seguridad y el avance sobre sus libertades.

Es que el “modelo” se asienta en la premisa de que el Estado expresa “la voluntad popular” por excelencia. Y si eso es cierto ¿Para qué investigar a los gobernantes cuando todo lo que hacen, lo hacen para bien del pueblo?

Si el estado, entonces, es la personificación del bien común ¿Qué sentido tiene pasar largas horas debatiendo en el congreso sobre la libertad de comercio dentro del país si podemos mandar a los perros de la AFIP a hacer lo que se nos antoje para concretar el plan económico que el bien común exige?

A la década del noventa se la critica (erróneamente) por haber “replegado” al Estado y haberlo “subordinado” a la voluntad del mercado[1]. A cambio, los Kirchner reflotaron la vetusta idea de la economía planificada y ahora los iluminados planificadores, expertos de la talla de Guillermo Moreno, Julio de Vido, Amado Boudou y Ricardo Etchegaray, son los que arrean al pobre rebaño que hoy protesta por lo que hasta hace poco aplaudía.

Hace más de 50 años, F. A. Hayek se refería a este problema y advertía sobre los riesgos de la economía planificada en su obra Camino de Servidumbre:
La cuestión que plantea la planificación económica no consiste, pues, solamente en si podremos satisfacer en la forma preferida por nosotros lo que consideramos nuestras más o menos importantes necesidades. Está en si seremos nosotros quienes decidamos acerca de lo que es más y lo que es menos importante para nosotros mismos o si ello será decidido por el planificador. La planificación económica no afectaría solo a aquellas de nuestras necesidades marginales que tenemos en la mente cuando hablamos con desprecio de lo simplemente económico. Significaría de hecho que, como individuos, no nos estaría ya permitido decidir qué es lo que consideramos como marginal
En resumidas cuentas, por mucho que queramos repudiar el caos del mercado y sus supuestas falencias, es imperioso también que tengamos en cuenta que la alternativa siempre ha sido la misma: ineficiencia, corrupción, prepotencia y servidumbre.


viernes, 4 de mayo de 2012

Ser Celíaco…

… no está bueno. Como describe Silvina Schuchner en su último artículo sobre el tema, ser celíaco o padecer este tipo de cuestiones relacionadas con el intestino y el sistema digestivo es realmente un problema. Una vida “normal” parece difícil de ser llevada adelante y no se pueden hacer las cosas que los “normales” hacen como ir a McDonald’s, comer tu torta de cumpleaños o comer las pastas del domingo como hacían los Benvenutto. Y no porque te quieras ver bien sino porque, si caés en la tentación, tu estómago te lo va a recordar con muy poca amabilidad.

Ahora bien, de su artículo y – sobre todo – de los comentarios que la nota tiene al pie podemos extraer algunas interesantes ideas. La primera es que los alimentos para celíacos cuestan más: “los productos cuestan entre tres y cinco veces más que los comunes”. Por otro lado, que ese precio es “abusivo” y que, o se baja, o alguien debe pagar la diferencia. Por ejemplo, una lectora comenta que “Sé que pronto vamos a lograr que legislativamente nuestra enfermedad se cubra en un 100% y que se acabe con el exceso abusivo de precios en los productos sin TACC”. La autora, por su parte, comenta: “Hace dos semanas, el Ministerio de Salud estableció que las obras sociales y prepagas deben pagar $215 de cobertura para comprar harinas y premezclas”.
Evidentemente es más caro comprar alimentos libres de gluten que alimentos “comunes”. Pero pensemos lo siguiente: como empresario uno puede dedicarse a producir algo que se espera que todo el mundo consuma (por ejemplo, hamburguesas de Mc Donalds’) y que al fabricar en cantidades industriales se pueda reducir su costo unitario o uno puede ponerse a producir algo que vaya dirigido a un público mucho menor. Muchísimo menor. Entonces, ¿cómo puede compensar el empresario ese riesgo que está asumiendo al enfocarse en un nicho en lugar de enfocarse en el consumo masivo?
Además, debe decirse también que sin este “precio extra” no existirían dichos productos especiales porque no habría incentivos para producirlos y, en consecuencia, los celíacos tendrían que seguir sufriendo. En pocas palabras, entiendo que los precios sean elevados, pero agradecidos deberíamos estar de que, por lo menos, y gracias a esos precios elevados, esos productos siquiera existan. Por último, esos precios son señales. Señales que indican que allí hay “escasez”, con lo que será cuestión de tiempo para que otros emprendedores ávidos de nuevas oportunidades de ganancia comiencen a intentar satisfacer esas demandas. Así pasó con cosas tan básicas para la vida como el abrigo a lo largo de los siglos, así sucederá con otras necesidades humanas como los alimentos sin TACC.
Sin embargo, la primera reacción siempre parece ser mirar para arriba. Se aspira que el gobierno “haga algo” y ayude de alguna manera al grupo afectado, como si el gobierno fuera un ente externo que pudiera simplemente crear el bienestar. Dado que esto es imposible, lo único que sí puede hacer un gobierno es obligar. Puede obligar a alguien a bajar su precio (Moreno), puede obligar a alguien mediante impuestos a subsidiar a otros (Fútbol para Todos), o bien puede obligar a las obras sociales a cubrir costos no estipulados en ningún contrato preexistente.
Entonces la pregunta es ¿cuán justo es este sistema? Claro que el fin de mejorar las condiciones de los beneficiarios parecería alcanzarse, pero ¿estamos ante los medios adecuados? ¿Podemos justificar la obligación de unos de proveer a otros sin contraprestación? ¿Quién ha dicho que esto es “lo moralmente correcto”?
Podemos enojarnos y frustrarnos por tener que vivir con una enfermedad misteriosa que cuesta diagnosticar y que implica realizar una dieta de por vida. Es absolutamente comprensible que uno desee respuestas YA, pero por urgente que sea una necesidad y un objetivo, no debemos dejar nunca de lado la justicia en los medios para alcanzarlos.

viernes, 25 de marzo de 2011

Los Aprovechadores

Juana: ¡Qué bien Tinelli que hace que su programa le cumpla el sueño a tantos chicos que necesitan!

María: ¡Ay Ju! ¿Qué decís? ¡Lo hace todo por el rating!

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José: ¿Viste la modelo que era cartonera? Además de estar muuuy buena, qué lindo mensaje envía a todos sobre la capacidad de progresar…

Lucio: ¡Calláte Joe! Seguro la contratan para poder pagarle dos pesos con cincuenta, total la mina va a aceptar o aceptar.

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Ariel: ¡Qué genio Messi! Además de ser el mejor jugador de la historia dona millones de euros para su fundación de asistencia a chicos en situación de riesgo…

Jimena: Muy ingenuo lo tuyo Ari, es obvio que lo hace para deducirlo del pago del impuesto a las ganancias. ¡Flor de vivo Lionel!

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Existe en nuestra sociedad, y probablemente en muchas otras, la idea de que las buenas acciones, las buenas de verdad, tienen que ir siempre en un solo sentido. Hacer el bien significa actuar de manera desinteresada; darle algo a otro sin contraprestación, sacrificarse.

Si algún individuo llegara –por medio de una actividad determinada- a ser parte de la mejora de la situación personal de otro y existiera la mínima sospecha de que de esa participación el primer individuo tendrá un beneficio personal, la actividad jamás ingresará al paraíso de lo moralmente correcto y su actor irá a parar al infierno de los aprovechadores.

Frente a esta idea cabe oponer dos cuestiones. En primer lugar vale la pena preguntarse por qué debería ser correcto sacrificarse por alguien de manera desinteresada. Es decir, si hoy evito gastar 10 pesos para ahorrar y comprarme una remera en dos meses, el sacrificio en el consumo presente me beneficia en un “mejor” consumo futuro.

Ahora, si yo sacrifico 10 pesos hoy regalándoselos a un individuo desconocido, ni en el presente ni en el futuro obtendré un resultado favorable de dicha acción. Mi sacrificio redunda directamente en el beneficio de este otro sujeto, pero es un juego donde uno pierde y otro gana. ¿Qué tiene de moralmente correcto este sistema? Nada.

Una segunda oposición a la idea de mandar a todos los aprovechadores al infierno es el papel que éstos cumplen en determinados sistemas. El economista profesor Israel Kirzner, en su crítica a la teoría de la competencia perfecta, indica que la realidad no se caracteriza por la existencia de mercados de competencia perfecta sino más bien por la existencia de mercados de conocimiento imperfecto (lo que significa que la razón por la cual en el barrio de Caballito compramos manzanas a 6 pesos el kilo es que no sabemos dónde conseguirlas más baratas).

Dado este conocimiento imperfecto, es el empresario –el aprovechador por excelencia- el que verá en estas imperfecciones oportunidades de beneficio. Si descubre que en Mataderos el kilo de manzanas está a dos pesos y agregando el precio del traslado puede revenderlo a 4$ y hacer negocio, entonces no dudará en aprovechar la situación para ganar dinero. Como colateral, este beneficio individual redunda en uno “social” para quienes viven en Caballito.

Sin embargo, si bien en términos generales este sistema se entiende y se juzga como mejor que otros, la noción de que la búsqueda del beneficio personal y que el egoísmo son intrínsecamente perversos, genera un sistema legal que impide el desarrollo de este proceso de manera eficaz.

En consecuencia tenemos leyes laborales que impiden la libre contratación, leyes que impiden el libre comercio y leyes que obligan a regalar ganancias al Estado para que éste redistribuya la riqueza.

Pero el tema no es económico sino de principios. Hasta no abandonar la hipocresía que implica la idea de que el sacrificio desinteresado es superior al interés personal, hasta que no admiremos a los aprovechadores y diseñemos un sistema en que el beneficio de ellos sea el beneficio del resto, las posibilidades de vivir en un país donde todos tengan una mejor calidad de vida seguirán siendo muy bajas.

jueves, 19 de agosto de 2010

Sacándole la navaja al mono


Mucho se podrá opinar sobre los Kirchner, tanto del gobierno de Néstor, como del gobierno de Cristina. Podremos decir que ambos gobiernos están envueltos en escándalos de corrupción sin precedentes; podremos decir que los niveles de inseguridad con los que vivimos han aumentado sideralmente desde que ellos tomaron el poder; podremos decir que (por más que desfiguren -porque eso ya no es maquillaje- los números del INDEC) han destruido el poder de compra de los argentinos.
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Lo que seguramente no podremos afirmar nunca es que fueron gobernantes que no trabajaron.
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Trabajando “por la gente”

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¿Y no será esto precisamente lo que ellos desean? Sacando a Néstor y Cristina del medio para no defenestrarlos más de lo que la historia sola terminará por hacer ¿no será esta imagen la que casi todos los políticos contemporáneos buscan dar a la sociedad?
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Si tomamos los estudios de
James Buchanan sobre la “Elección Pública” nos daremos cuenta de que los políticos, aunque cueste creerlo, no son más que… hombres. Aplicando conceptos de economía hacia el campo político, Buchanan establece que, así como el hombre se mueve por incentivos particulares, los políticos… también. En este caso los incentivos tienen que ver con la maximización del voto.
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Entonces el objetivo del gobernante, senador, diputado, funcionario, será –teniendo en cuenta las restricciones de tiempo que impone su mandato- obtener el mayor número de votos. He aquí la “eficiencia” aplicada a la política.
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¿Y qué hicieron los políticos contemporáneos[i] en las últimas décadas para ser eficientes? Se mostraron trabajando por la gente: Si había desempleo, empleo público y salario público. Si los salarios eran “bajos”, leyes de salarios mínimos. Si los precios eran altos, “acuerdos” o leyes de precios máximos y luego de “abastecimiento”.
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Como frutilla del postre, si no gustan los medios que hablan mal de la gestión, se prohíbe que una de sus marcas provea servicios de internet y se inventa una buena excusa para que la gente crea que lo hacen por su bien.
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A fin de cuentas, si estas medidas terminan por tener el exacto opuesto resultado al que se busca, el gobierno queda impune por el hecho de que “hizo lo mejor que pudo” y, en todo caso, se pensará que lo que faltó fue más profundidad en la intervención.
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He aquí la raíz del asunto. ¿Qué nos pasa a los que votamos que inclinamos nuestras preferencias hacia estas propuestas? ¿Por qué preferimos al que “trabaja para nosotros” interviniendo en cada asunto posible y no a aquél que deje que nosotros trabajemos por nosotros mismos? ¿Por qué gana votos el gobierno que hace y destruye en lugar del que, al no poder hacer, construye?
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Solos sí podemos
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De alguna manera, los habitantes del país nos creímos el cuento de que “solos no podemos” y que “algo hay que hacer”. Si los precios son altos, “alguien” debe bajarlos. Si el empleo escasea, “alguien” debe contratarnos. Si los servicios son malos “alguien” debe regularlos.
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Como no leímos a Buchanan, pensamos que ese “alguien” es el Estado cuyo interés particular es el “bien común”. Las valijas refutan esta premisa (perdón, los hechos refutan esta premisa).
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Además ¿Por qué creemos que ese “alguien” debe ser el gobierno si fue el ingeniero Santos Dumont el que volando 60 metros con su “14 Bis” dio inicio a la era de la aviación? ¿Por qué creemos en el gobierno si fue Henry Ford y no el secretario de comercio de Theodore Roosevelt el que descubrió que era negocio fabricar autos accesibles? ¿Por qué pensamos que la solución es la salud pública si fueron Fleming y Sabin los que descubrieron la penicilina y la vacuna contra la poliomielitis sin ayuda estatal de ningún tipo? ¿Por qué pensamos que deben regularse los mercados si fue la empresa Motorola y no Ronald Reagan la que inventó el celular que se comercializaba a 4000 dólares y hoy por hoy, sin regulaciones podemos conseguir celulares por 40?
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Como el economista Steven Horwitz comenta acerca del libro “El Optimista Racional” de Matt Ridley:
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“… no es sólo que hemos tenido innovaciones tecnológicas sorprendentes, sino que esas innovaciones se han hecho accesibles a una creciente proporción de la humanidad. Es una cosa cuando los más ricos tienen oportunidades crecientes pero es un tanto distinto cuando tecnología como los teléfonos celulares se hace accesibles a personas en las partes más pobres de África. Y es todavía más notable cuando la riqueza creciente aumenta la alfabetización y la expectativa de vida, como lo ha hecho. Las innovaciones importan más cuando se hacen largamente accesibles y eso requiere no sólo nuevas creaciones sino instituciones de mercado para hacerlas más baratas”
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Trabajando por la gente
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Las sociedades civilizadas no llegaron a gozar del confort de que gozan hoy gracias a los esfuerzos de los gobiernos. El bienestar material que tenemos no ha sido provisto por los secretarios ni por los comités reguladores, sino por el fenómeno de la interacción social facilitada por el comercio.
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Si se entiende esta situación, el trabajo de los legisladores del futuro no será legislar sino todo lo contrario. Su trabajo será investigar en qué zonas y con qué leyes el gobierno está interfiriendo con el desarrollo del comercio en el país para “correrse del medio”.
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En Argentina se sancionaron cerca de 26.000 (veintiséis mil) leyes desde 1853. Consecuentemente, tampoco de estos futuros gobernantes podremos decir que no son trabajadores.
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La única diferencia es que este trabajo, al sacarle la navaja al mono, sí será para beneficio de todos.
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[i] Por contemporáneos me refiero a políticos de todo el mundo en mayor o menor medida desde los años ’20 en adelante.


jueves, 24 de junio de 2010

Bart, Lisa y El Misterio del Capital

En el año 2000, el economista peruano Hernando de Soto publicó su segundo libro, titulado “El Misterio del Capital”. En él, plantearía que el problema de la pobreza en los países subdesarrollados tenía su base en un difuso y complejo sistema de derechos de propiedad que terminaba excluyendo del progreso a la mayoría.

El punto central era simple: Los países desarrollados le hacen a la gente mucho más fáciles las cosas a la hora de registrar una propiedad, crear una empresa o pagar los impuestos. Estar “en blanco” en los países desarrollados, está bueno. En los países pobres, como el nuestro y el de nuestros vecinos, los incentivos cambian y la cosa no está tan buena.

Bart y Lisa viven en Springfield, Estado Unidos. Sin embargo en el extracto de este capítulo parecen retratar a la perfección una situación muy argentina y muy “Desótica” (por De Soto, claro).

Según datos del Banco Mundial[i], en la Argentina se requieren 27 días para registrar una empresa. Veintisiete días en los que el empresario tiene que trasladarse a las oficinas gubernamentales, pagar viáticos, pagar fotocopias, certificados, impresiones, sellos, etc. Se invierte tiempo y dinero. En Australia, por el contrario, sólo son necesarios dos días. En Nueva Zelanda, 1.

¿Sorprende entonces a alguien que en Nueva Zelanda se hayan registrado 65.098 empresas en el año 2006, y en Australia 82.184, mientras que en Argentina sólo se registraron 16.400[ii]?

Si tomamos los datos del año 2009, en Argentina se estiman necesarias 453 horas para preparar y pagar los impuestos. En Nueva Zelanda, sólo 70, mientras que en Australia se necesitan 107[iii].

¿No es esto un incentivo, aunque sea pequeño, para encontrar una manera “más simple” de estar en regla, o para decidir que es mejor negocio no estarlo?

Imaginemos una situación como la del video, pero sin inspector del gobierno. ¿Estaría Bart incentivado en alguna forma a ofrecerle dinero a alguien para que éste haga la “vista gorda” sobre algo?

¿Finalmente no es siempre el gobierno el que está en el medio de escándalos de corrupción (IBM-Banco Nación; Venta de Armas a Panamá; Reforma laboral de De La Rúa; Valijas Voladoras de Kirchner)?

Entonces:

Regulamos el comercio para frenar los “excesos y fallas del mercado” y nos encontramos con los “excesos y las fallas” de los oficiales del gobierno aumentando el nivel de corrupción general.

Imponemos regulaciones, emitimos disposiciones, resoluciones y decretos para tener la empresa más seria, más higiénica y más "saludable" y más específica en su objeto social, y matamos de a poco el incentivo a la creación de empresas y, en consecuencia, a la creación de trabajo y al aumento del nivel de vida.

Cobramos impuestos a las ganancias, al valor agregado, a los bienes personales, a las transferencias bancarias, a las transferencias inmobiliarias, etc. para buscar un equilibrio social y “distribuir la riqueza” y resulta que nos quedamos sin distribución y sin riqueza.

Muchos dirán que es una cuestión de formas. Que la teoría es buena, pero la práctica falla. Por ahí llegó la hora de pensar en una teoría "malísima". Quizás tenemos suerte y la práctica resulta bárbara.

[i] http://data.worldbank.org/indicator/IC.REG.DURS
[ii] http://data.worldbank.org/indicator/IC.BUS.NREG
[iii] http://data.worldbank.org/indicator/IC.TAX.DURS

jueves, 10 de junio de 2010

Short de Ideas

(Pensaba dedicar esta entrada de Blog a un tema diferente. Sin embargo, como me dedico profesionalmente a la compra-venta de acciones a corto plazo, me veo en la necesidad de echar un poco de luz sobre un tema del que poco se conoce, pero mucho se especula -valga la redundancia-. Espero sirva para aclarar un poco el panorama.)

“Short” de Ideas


Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel, de quienes poco tiempo atrás se temiera fueran a desatar una revolución pro-mercado, dejan a los viejos paradigmas europeos dormir tranquilos.

Shortage, en inglés, es la palabra que se usa para definir la escasez. Así como cuando jugando al fútbol, un pase nos queda “corto”, si en inglés estás “short” de algo, quiere decir que no tenés más de ese algo. Desde 1609 que en la bolsa uno puede vender algo que no tiene, es decir, puede hacer un “short sell”.


¿Cómo?

El mecanismo es el siguiente: Como inversor individual o corporativo estimo que las acciones del Blog “lacrisisesfilosofica.blogspot” están bastante caras. En rigor de verdad, luego de una etapa de espectacular crecimiento, ya muy poca gente visita la página, los auspiciantes están nerviosos y con ganas de retirar sus anuncios, y no parece serio que se deba pagar $100 por una acción del blog. Entiendo entonces que el precio debería ser de, por lo menos, la mitad.

Lo que hago entonces es alquilar acciones de “lacrisisesfilosofica.blogspot” a un tenedor por un período determinado. Una vez que me hago de las acciones (supongamos 10), las vendo a $100 cada una y recibo 1000 pesos.

De acuerdo a lo esperado, el sitio comienza a mostrar signos de debilidad, algunos auspiciantes comienzan a retirarse y el precio de la acción cae a $50. En este momento, compro las diez acciones que necesito devolver, por un valor de $500 (10 acciones x $50).

Al prestador, además de devolverle las acciones, le pagué un alquiler de, digamos, $100, con lo que hice una diferencia de $400 para mí.

Diferentes Objetivos

Seguramente cualquiera que esté leyendo estos pensamientos ha ido alguna vez a un local bailable, boliche, disco, o boite, dependiendo edades, etc. Allí podemos ver que no todos los asistentes tienen los mismos objetivos.

Están los hombres que van a bailar con sus amigos; los que se alcoholizan y quedan derrotados en algún rincón; los que van a buscar una “amiga” para pasar la noche; los que van a buscar una novia para reemplazar a la recientemente dejada; y demás. Entre las mujeres, están las que van a bailar con sus amigas; las que dicen que van a bailar con sus amigas para ahuyentar hombres, hasta que llega el que de verdad les gusta; y así infinidad de casos.

Esto mismo sucede en el mercado financiero. Están los que compran a largo plazo para cobrar dividendos, los que hacen trading, los que leen balances, los que leen gráficos. Infinidad de perfiles y objetivos distintos que conviven en paz comerciando en “el mercado”.

No hay conflicto de intereses

Ustedes pensarán que sí, es cierto que hay distintos objetivos, pero si una persona me alquila acciones y gana plata porque mis acciones bajan, él gana lo que yo estoy perdiendo. Parece lógico pero simplemente no es así


Remitiéndonos al ejemplo anterior, tenemos dos personas con distintos objetivos. El primero, que se benefició de su operación ganando $400 con la venta en corto. El segundo perdió la mitad del valor de sus acciones pero cobró $100 de alquiler, sigue habilitado a cobrar dividendos y, además, retiene la posibilidad de que la acción retome la senda alcista. (Si esto pasa y la acción sube a 150$, tanto el especulador a la baja, como el especulador a la alza ganaron aunque en distintos plazos.).


El surfer y el trader


Del mismo modo que aquellos que hacen surf, los que operan en la bolsa reaccionan frente a datos o tratan de anticiparlos. En el agua, un surfista puede estimar que una gran ola se aproxima, posicionarse para recibirla y, finalmente, quedarse sin hacer nada porque erró su estimación. Del mismo modo, un operador puede anticipar los buenos resultados de una empresa y comprar en consecuencia. Si los datos son verdaderamente buenos, entonces se beneficiará pero, si estos son negativos, perderá parte de su patrimonio.


Cualquier operador coincidirá que el precio de una acción puede llegar a “manipularse” pero sólo por un cortísimo plazo y a un riesgo altísimo. (Ejemplo, 10 traders de los 10 bancos más grandes deciden comprar muchísimos acciones de un banco argentino tiempo antes de la debacle del 2001. ¿Cuánto tiempo creen que pasará hasta que uno de ellos diga “che, acá pasa algo muy raro, mejor me salgo”? ¿Quién les va a comprar a ellos, ahora, toda esa cantidad de acciones? Claramente su patrimonio se vería devastado.)


Concluir a partir de esto que los operadores pueden mover el mercado para donde quieran es pensar que el surfista puede fabricar una ola en el mar. Y esto no sucede ya que Poseidón dejó el surf hace bastante.


¡La culpa es del chancho!
Los líderes europeos han vendido siempre la idea del “Estado de Bienestar” imponiendo una idea gubernamental del “bienestar” por la vía coercitiva a toda la población, en lugar de dejar a cada individuo decidir cuál será y cómo procurará su estado de bienestar personal.



Este “bienestar” no sólo implica impuestos altos para su financiación, sino también un sistema de incentivos orientado, no hacia la producción, sino hacia el consumo y el ocio. La consecuencia es un país que no produce lo suficiente para mantener la “red social”. Acto seguido, los gobiernos pasan a endeudarse y, en el largo plazo, las finanzas gubernamentales se vuelven frágiles. Grosso modo, esto es lo que viene sucediendo en Europa hace un tiempo y ha tenido su explosión en Grecia.
Si los gobernantes administraran de manera eficiente sus territorios sin promesas incumplibles, los “especuladores” perderían plata apostando a la baja de sus títulos de deuda. Al parecer, tanto Sarkozy como Merkel prefieren evitar esta prueba y decir que “el libre mercado ha fallado” y que los “shorts” deben ser prohibidos en toda Europa.
Esta acusación es injusta y engañosa, pero parece ser políticamente mucho más barata que admitir: “Hemos mentido por más de 50 años y queremos seguir haciéndolo”.