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sábado, 17 de septiembre de 2011

¿Existe el desinterés?


Friends fue definitivamente una de las mejores series de los últimos años. Hace poco, y dado que usualmente me gusta tratar estos temas en el blog, me recordaron de este capítulo en que Joey Y Phoebe tienen una discusión acerca del egoísmo. Me encantó.

Entonces bien. El tema está planteado: ¿Hay acciones que no sean egoístas? ¿Cuándo hacemos algo “por otro”, lo estamos haciendo verdaderamente por el otro, o lo hacemos por nosotros mismos?

Si damos una mirada a lo que el autor del tratado de economía “La Acción Humana” Ludwig von Mises tiene para decirnos, podemos acercarnos a una respuesta:

“En el estricto sentido del término, el hombre que actúa aspira solamente a un fin último, a la consecución de un estado de cosas que le siente mejor que sus alternativos (…)

La característica distintiva de estos fines últimos es que dependen enteramente en el juicio de valor personal y subjetivo de cada individuo, que no puede ser examinado, medido, y mucho menos corregido por ninguna otra persona.”[i]

De esta forma, cuando Joey decide participar del Teletón, la decisión y el hecho que efectivamente participe nos muestran a los demás que, dentro de sus juicios de valor personales, Joey considera “mejor” ser co-conductor del programa que quedarse en su casa sin hacer nada, o continuar en la búsqueda de otro trabajo.

Sin embargo, Phoebe dice que su acto es egoísta porque su único interés es “salir en la tele”. Desde esta perspectiva Joey es egoísta porque su acto no es desinteresado. No se trata sólo de ayudar, sino que está detrás de un beneficio, utilidad o ganancia personal.

Ahora bien ¿Existen los actos desinteresados? ¿Si Joey fuera al Teletòn simplemente porque quiere ayudar, podríamos llamar a eso un acto desinteresado? Sobre este tema, vale la pena citar las palabras del filósofo argentino Gabriel Zanotti al tratar el tema del amor de benevolencia:

“En el caso del hombre, el amor de benevolencia busca el bien del amado. En ese caso, es absolutamente necesario entender que el bien del amado y el bien del amante son sólo uno: pues el bien del amante y, por ende, lo que agrega perfección a su ser, es precisamente el bien del amado (…) La entrega al otro es "útil" para el amante, en cuanto "utilidad" hace referencia, en su máxima dimensión analógica, al bien que recibe todo ser humano en toda conducta racional.

Es así que, aunque resulte insólito, la acción racional (…) también se da en el amor de benevolencia. La entrega total al otro implica el máximo bien para la persona que hace dicha entrega, y por ende, su máxima ganancia…”[ii]

Es decir, aún cuando desde afuera parezca (o los mismos protagonistas de la acción así lo comuniquen) que un acto es totalmente desinteresado, el hecho que se realice demuestra que las partes tienen interés en llevarlo a cabo.

Sobre si ese interés es ayudar a los desposeídos o tener el mejor auto, podemos armar nuestro juicio de valor personal. Pero en ningún caso podríamos decir que tener un auto es egoísta y ayudar al prójimo no lo es.

Ambas acciones reflejan la escala de prioridades del actor. Y en ambos casos, la acción es egoísta e interesada. En este sentido, cualquier estudio serio sobre la conducta humana debería darle la razón a Joey.


[i] “Theory and History” Ludwig von Mises, 2007 Ludwig von Mises Institute.

[ii] “El Método de la Economía Política”. Gabriel Zanotti, Revista Libertas Nº40

lunes, 26 de julio de 2010

Memorias de Gregorio Dagnino Ruiz (II)

(este post es una continuación de la entrada anterior del mismo nombre)

Hoy tengo 76 años. Vivo en Scelenia hace cinco. Hace veinte años que “El Heraldo Moral” fue comprado por un grupo inversor sceleno y muchos nos fuimos por una cuestión de principios. Hace diez que todos hablan del “Milagro Sceleno”.

En la primera época, me cansé de escribir. Mis artículos eran lo más leído en todas partes. El país se caía a pedazos. Cerraban fábricas, crecía el desempleo, el dinero no alcanzaba y se esperaba un aumento de la criminalidad.

Fue lo primero que no sucedió. Y eso nos sorprendió a todos. Parecía que el gobierno había concentrado todas sus fuerzas en combatir la violencia y la delincuencia. Igual resultaba vergonzoso. El mismo gobierno causante del desempleo y la exclusión, castigaba por partida doble al quién no tenía otra opción que salir a robar.

Con el tiempo, la situación fue cambiando. A medida que bajaba la criminalidad, crecía la actividad empresarial (local y también extranjera). Al mismo ritmo fue facilitándose el acceso al trabajo.

Hoy, a 30 años del “Pacto” el país lidera rankings de PIB, PIB per cápita y competitividad al tiempo que es considerado uno de los países más seguros del globo. Los salarios son elevados y también lo es la brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, no es menor mencionar que Scelenia cuenta con los primeros “cuatrillonarios” del mundo, con lo que a los de debajo de la pirámide no les va nada mal.
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En sus principales ciudades no se observan mendigos, ni personas pidiendo limosnas. La pobreza fue paulatinamente decreciendo hasta desaparecer del paisaje del país.
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El nivel de empleo es elevado y las revistas de “management” relatan con entusiasmo el extraño caso de los desempleados que rechazan ofertas laborales a la espera de la que realmente los conquiste.
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Los scelenos se olvidaron de las góndolas vacías. Todo lo contrario; a diario éstas ofrecen al público variedades de productos, a precios cada vez más bajos, provenientes de cualquier lugar del mundo.
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Las casas de asesoría financiera y manejo de capitales son un éxito y son la primera elección de los trabajadores para ahorrar y tener un futuro sin preocupaciones. Al día de hoy el 92% de las personas de la “tercera edad” puede costear su nivel de vida sin ayuda alguna.

Hasta hoy me pregunto si este devenir fue pura suerte.

¿Podía un gobierno lleno de horribles deseos lograr algo que no fuera un horrible país? ¿Podía un acuerdo que venerara el egoísmo y el individualismo a ultranza dar origen a una sociedad de cooperación, donde la interacción espontánea de sus empresas y sus individuos diera lugar a un progreso material y de calidad de vida sin precedentes?
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Scelenia era (bautizado por mí) el país de las malas intenciones. Sin embargo, había obtenido los logros sociales que siempre deseé para mi país y que nunca pude ver allí.
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De economía nunca entendí mucho. Por ello no me gasto en leer las explicaciones técnicas del “milagro”. Asumo que será una cuestión cultural.
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Ellos son muy respetuosos de la ley, de sus socios, de sus vecinos. Son muy trabajadores. Son educados -aunque las escuelas sean privadas-, son cultos... sí, seguramente ahí esté la clave. Seguramente ésa sea la razón principal.
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Sí, seguramente... ...
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Publicado en “Memorias de un periodista”, de Gregorio Dagnino Ruiz, Scelenia 2078