
Y varios años más tarde, volvieron las denuncias sobre coimas y compra de votos en la “Honorable Cámara de Senadores de la Nación”.
Aparentemente nuestra presidente se paseó por el “Alto Senado Shopping” para comprar votos en forma de viajes, dinero o prebendas, para que los senadores voten a favor de sus proyectos.
Es de este modo que se manifiesta el “Factor Pichetto”. Es decir ¿cómo pretendemos que una persona a quien no confiaríamos ni un peso para que nos compre un alfajor en un quiosco, tome decisiones para alcanzar un supuesto “bien común”?
No quiero que esto se entienda como algo personal contra el senador pero, a partir de los hechos acaecidos, uno puede fácilmente suponer que estos problemas ocurren porque el congreso está lleno de gente inherentemente mala y corrupta per se.
Aunque esta idea no se aplique a todos, supongamos que éste efectivamente sea el caso. Después de todo, "malos" como son, son consecuencia de nuestro voto. Podemos considerarlos un voto equivocado que, con el tiempo, irá evolucionando pero la evidencia muestra que así como nos equivocamos ahora, también nos hemos equivocado antes. Ergo, la probabilidad no está del lado de la teoría del aprendizaje en este momento.
¿Cómo entonces podemos encontrar, dentro del sistema democrático, una solución a esta situación?
Friedrich August Von Hayek puede ayudar a encontrar una respuesta. En su libro “Individualism and the Economic Order”, el premio Nobel de economía defiende a Adam Smith y el sistema del Individualismo:
“Es un orden social cuyo funcionamiento no depende de que encontremos buenos hombres para manejarlo, o de que todos los hombres se vuelvan mejores de lo que son ahora, pero que hace uso de los hombres en toda su variedad y complejidad, a veces buenos y a veces malos, a veces inteligentes y más seguido estúpidos. Su objetivo era un sistema bajo el cual sea posible garantizar la libertad de todos, en lugar de restringirla, como sus contemporáneos francteses deseaban, para los ‘buenos e inteligentes’”
Entonces, por supuesto que si pudiéramos a votar a Jesús, María Santísima y el Espíritu Santo, no tendríamos problemas de corrupción en el Senado. Sin embargo, como es mucho más probable que en lugar de Jesús y la Virgen lleguen al congreso, lo hagan los Pichettos, Menems y Pontaquartos, lo que hay que ajustar es la capacidad de daño de que el Congreso dispone.
Si el Senado regula los medios, controla los precios, decide cuánto ganarán los jubilados, decide cuál es el "salario mínimo", qué productos entran al país y cuáles son "contrabando", etc. entonces obviamente que las implicancias de las decisiones sobre estos temas serán enormes.
Sin embargo, si hubiera una restricción para siquiera lidiar con estos asuntos, su capacidad de daño sería prácticamente inexistente.

