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lunes, 26 de julio de 2010

Memorias de Gregorio Dagnino Ruiz (II)

(este post es una continuación de la entrada anterior del mismo nombre)

Hoy tengo 76 años. Vivo en Scelenia hace cinco. Hace veinte años que “El Heraldo Moral” fue comprado por un grupo inversor sceleno y muchos nos fuimos por una cuestión de principios. Hace diez que todos hablan del “Milagro Sceleno”.

En la primera época, me cansé de escribir. Mis artículos eran lo más leído en todas partes. El país se caía a pedazos. Cerraban fábricas, crecía el desempleo, el dinero no alcanzaba y se esperaba un aumento de la criminalidad.

Fue lo primero que no sucedió. Y eso nos sorprendió a todos. Parecía que el gobierno había concentrado todas sus fuerzas en combatir la violencia y la delincuencia. Igual resultaba vergonzoso. El mismo gobierno causante del desempleo y la exclusión, castigaba por partida doble al quién no tenía otra opción que salir a robar.

Con el tiempo, la situación fue cambiando. A medida que bajaba la criminalidad, crecía la actividad empresarial (local y también extranjera). Al mismo ritmo fue facilitándose el acceso al trabajo.

Hoy, a 30 años del “Pacto” el país lidera rankings de PIB, PIB per cápita y competitividad al tiempo que es considerado uno de los países más seguros del globo. Los salarios son elevados y también lo es la brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, no es menor mencionar que Scelenia cuenta con los primeros “cuatrillonarios” del mundo, con lo que a los de debajo de la pirámide no les va nada mal.
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En sus principales ciudades no se observan mendigos, ni personas pidiendo limosnas. La pobreza fue paulatinamente decreciendo hasta desaparecer del paisaje del país.
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El nivel de empleo es elevado y las revistas de “management” relatan con entusiasmo el extraño caso de los desempleados que rechazan ofertas laborales a la espera de la que realmente los conquiste.
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Los scelenos se olvidaron de las góndolas vacías. Todo lo contrario; a diario éstas ofrecen al público variedades de productos, a precios cada vez más bajos, provenientes de cualquier lugar del mundo.
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Las casas de asesoría financiera y manejo de capitales son un éxito y son la primera elección de los trabajadores para ahorrar y tener un futuro sin preocupaciones. Al día de hoy el 92% de las personas de la “tercera edad” puede costear su nivel de vida sin ayuda alguna.

Hasta hoy me pregunto si este devenir fue pura suerte.

¿Podía un gobierno lleno de horribles deseos lograr algo que no fuera un horrible país? ¿Podía un acuerdo que venerara el egoísmo y el individualismo a ultranza dar origen a una sociedad de cooperación, donde la interacción espontánea de sus empresas y sus individuos diera lugar a un progreso material y de calidad de vida sin precedentes?
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Scelenia era (bautizado por mí) el país de las malas intenciones. Sin embargo, había obtenido los logros sociales que siempre deseé para mi país y que nunca pude ver allí.
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De economía nunca entendí mucho. Por ello no me gasto en leer las explicaciones técnicas del “milagro”. Asumo que será una cuestión cultural.
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Ellos son muy respetuosos de la ley, de sus socios, de sus vecinos. Son muy trabajadores. Son educados -aunque las escuelas sean privadas-, son cultos... sí, seguramente ahí esté la clave. Seguramente ésa sea la razón principal.
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Sí, seguramente... ...
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Publicado en “Memorias de un periodista”, de Gregorio Dagnino Ruiz, Scelenia 2078

viernes, 23 de julio de 2010

Memorias de Gregorio Dagnino Ruiz (I)

Ya sabíamos por Kant que la moralidad estaba en las intenciones. Corría la segunda semana de Junio de 2048. Trabajaba como columnista de “El Heraldo Moral” cuando tuve que viajar a Scelenia a realizar una investigación completa y detallada sobre la gravedad de los hechos que allí estaban sucediéndose.


Luego de veinte años de gobierno del Partido Moralista, el país se encontraba sumido en la pobreza. La violencia era reina de las calles luego de la puesta del sol y la especulación y la avaricia estaban generando enormes hambrunas y escaseces. Para colmo de males, los precios de los pocos artículos disponibles eran inaccesibles.

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A principios del ‘48 los otros dos partidos políticos (aquéllos que perdieran cinco elecciones consecutivas sin alcanzar -sumados- el 25% de los votos) habían firmado el acuerdo más recalcitrante de la historia política mundial. El pacto “Adiós Derechos” era una declaración de principios comunes entre estas dos fuerzas políticas y crearía el Partido de la Injusticia Social (PIS).

Para sorpresa mía y de la Comunidad Internacional toda, el primero de Junio del 2048, el PIS se impuso con el 58% de los votos.

Fue muy fácil para mí, periodista consagrado de más de 25 años de trayectoria y experiencia en mi país y en el mundo, concluir que la elección que había hecho la gente constituía un suicidio colectivo. Recuerdo en detalle algunos de los nefastos puntos del programa de gobierno.
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En un país con un 45% de desocupados, resultaba mínimamente irrazonable no tener un Plan de Empleos y pensar en una victoria electoral. No obstante, el pacto rezaba: “El gobierno no creará ni un solo empleo. Es responsabilidad de cada individuo procurarse la fuente de ingreso que mejor se alinee con sus preferencias y capacidades”. Una declaración de guerra abierta al derecho de empleo del que todo ciudadano debería gozar en una sociedad que quiera llamarse moral.
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Otros principios económicos a adoptar, tenían que ver con el comercio internacional: “No es tarea nuestra proteger ni incentivar la producción nacional. Si un fabricante extranjero decidiera vender sus productos en el país, podrá hacerlo sin restricción le pese a quien le pese”. La soberbia de la frase hablaba por sí sola, ¿quién protegería a los productores de la avanzada competencia? ¡Nadie!, estarían a la buena de dios.
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Peor aún, no sólo se desprotegería a los fabricantes nacionales de los extranjeros, sino que el gobierno estaba decidido a legalizar el abuso y los excesos de parte de los empleadores con sus empleados. “La dignidad del salario la dejaremos a criterio de cada empleado y no nos entrometeremos en las discusiones salariales que ocurran entre él y su empleador”. La opinión púbica mundial reaccionó con vehemencia. ¿Quién le permitió a estos atorrantes hablar de dignidad?
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Sólo continuar leyendo el pacto me producía malestar y una sensación de piedad y compasión por aquéllos pobres individuos que estaban por entrar en las puertas del infierno ¡y ellos mismo lo habían así querido! Los artículos se agravaban, no eran muchos, pero eran devastadores.

No sólo su economía era inmoral. Estos sujetos iban a por todo y arremetieron contra el último bastión de la solidaridad social. Se habían metido con nuestros viejos. “En nuestro país no habrá ‘derechos de la tercera edad’. No es nuestro trabajo garantizar el ingreso o el bienestar de las personas que llegan a edad adulta. Esta responsabilidad es sólo suya y no se harán excepciones”.

Por último, el desconocimiento absoluto de la responsabilidad de la sociedad en la vida de las personas. Una lucha de siglos, destruida en renglones. “El alcoholismo, la drogadicción, así como la obesidad, no son enfermedades sino caminos de acción que los hombres pueden, o no, tomar. No será responsabilidad del gobierno sacarlos del camino incorrecto ni indicarles cuál es el correcto en ningún modo”




¿Qué país podría salir de estos preceptos que parecían escritos por el mismísimo demonio? El reciente gobierno sólo se comprometía a proteger la seguridad física de las personas y al eufemismo de “hacer cumplir los contratos”. ¿Qué tipo de sociedad esperaríamos de semejante atropello a la moral? ¿Qué solidaridad habría en el país regido por este Pacto? ¿Con estas intenciones, cuáles serían los resultados?

El egoísmo reinará. La sociedad se volverá individualista y los Scelenos vivirán en un estado de “sálvese quien pueda (y si no puedes salvarte, entonces tienes todo el derecho del mundo de morirte y no molestar al resto)”. Bárbaro, espeluznante. Una salvajada. Así titulé mi nota esa semana de Junio: “Scelenia: Salven al ‘País de las Malas Intenciones’”. La repercusión fue conmovedora.

El público se manifestó; en las calles se exigía la liberación de los Scelenos. La comunidad internacional presionó al límite a su líder. No hubo respuestas. Estaban condenados...

Publicado en “Memorias de un periodista”, de Gregorio Dagnino Ruiz, Scelenia 2078.

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(i) Este extracto de las memorias de Dagnino Ruiz tendrá su segunda parte este Martes, en este mismo Blog. Ahí sabremos qué pasó con Scelenia finalmente.

(ii) Las imágenes son de http://www.banksy.co.uk/