viernes, 27 de abril de 2012
Confundir países con personas
sábado, 8 de octubre de 2011
Gracias, pero no es MI patrimonio

Hay notas que suelen pasar bastante desapercibidas en los medios. Y se entiende. El desabastecimiento de nafta, la inflación, Cristina lamentando su viudez y los abominables crímenes que azotan a nuestra población acaparan toda la atención.
Sin embargo, hay un tema que me desvela. En la edición online del diario La Nación de hoy hay una nota de Ángeles Castro referida al “casco histórico” de nuestra querida ciudad.
¿De qué se trata? De ahora en más, si la ley te incluye en la nueva delimitación, no podrás modificar la fachada del edificio, nadie puede construir algo de más de 32 metros, y no se pueden agregar nuevas marquesinas publicitarias. ¿Y todo esto por qué? ¡Pues claro! Para proteger el patrimonio histórico de la ciudad.
Más allá de la novedad, lo que me llama la atención es la cantidad de simpatías, loas y felicitaciones que esta nota ha suscitado en el grupo de variadísimos comentaristas del diario. Las alabanzas van desde cosas como “Muy auspicioso que haya salido esta ley. Todo lo que vaya en dirección de proteger el patrimonio, vale” hasta reflexiones más trascendentales como “¡Qué buena noticia! Una ciudad que respeta su patrimonio construido, reafirma su identidad” y aún gente que exige profundizar el modelo proponiendo “…hacer algo parecido con ciertos edificios en los barrios…”. En fin, la diversidad en los comentarios sólo va de muy bueno a superfantástico.
Ahora bien, empecemos por definir qué es el patrimonio histórico. ¿A qué se refiere la legislatura porteña cuando habla del APH? ¿Es aquello que ellos, muy expertos todos en construcciones, deciden que debe preservarse y qué puede transformarse en shopping? ¿Y por qué ellos? ¿Quién es el señor Di Stéfano para arrogarse la voluntad de todos y decidir sobre este tema? ¿Quiénes son ellos para decirle a un industrial o emprendedor que su edificio debe tener sólo 32 metros? ¿Dónde está escrito que la función del gobierno es velar por la armonía arquitectónica del territorio?
Por otro lado ¿Qué significan los 192 edificios protegidos que no pueden demolerse y que debe mantenerse la fachada? ¿Quiere decir que, por ley, obligaremos a las personas que legítimamente compraron estos departamentos a incurrir en gastos extra para mantenerlos cuando quizá no tenían pensado hacerlo? ¿Cómo lo pagarán?
¿O será que de ahora en más utilizarán nuestro dinero para que esos propietarios no sólo tengan la fachada bien mantenida sino que (puesto que tienen el mantenimiento subsidiado) el precio de su inmueble se vaya a las nubes? Porque no querría pensar que lo que hay detrás es una nueva empresa que (¡oh, casualidad!) se dedica a mantener edificios antiguos y cuyo único cliente pasa a ser el gobierno porteño.
Y por último ¿por qué tanta gente aplaude la medida? Las razones no las conozco, pero el hecho es que parecen ser muchas.
Entonces, si tanta gente apoya estas ideas, no sería mejor crear la fundación “Preservamos los Edificios que nos Parece que Tienen un Valor Especial”. ¿Cuál es la necesidad de sumarme a mí a la causa cuando no me interesa en lo más mínimo si la calle Florida cambia su fisonomía? ¿No se trata de una imposición arbitraria?
Si queremos tener un gobierno democrático, su esencia debe pasar por el respeto de la voluntad de las minorías. Y ni el patrimonio histórico, ni el crecimiento con equidad, ni la preservación de la cultura pueden aceptarse como excusa para que ese principio se viole.
Es una lástima que el PRO, que desea presentarse como alternativa al fascismo gobernante, incurra sistemáticamente en los mismos errores.
jueves, 10 de marzo de 2011
El Boliche de Montoya
Fue así que emprendieron el viaje a General Montoya. Preguntaron un poco y se dirigieron directamente al bar de más renombre del lugar: “WHY”.
El hecho que despertaran al otro día y tuvieran que reconstruir la noche dio la pauta de que ésta había sido un éxito rotundo. Juan miró su agenda y no conocía la mitad de los nombres que en ella había –claro, todos de mujer y con un 0248 adelante-. Lo mismo para Christian (más tecnológico) que ahora tenía 7 nuevos contactos de BlackBerry Messenger y Juan que anotó 3 nombres para buscar en Facebook.

Como podrán intuir, el cuento no tardó mucho en difundirse por todo Avellaneda. Hacer los 60 Kilómetros hasta Gral. Montoya era diversión garantizada. Y así fue, fin de semana tras fin de semana, nuevos grupos de chicos se dirigían a “WHY”.
Pero claro, no todo era color de rosa. Al tiempo que los de zona sur estaban exultantes y las chicas de Montoya disfrutaban de su multiplicidad de “opciones”; los montoyanos se llevaban la peor parte.
Salvo los que estaban de novios, el resto estaba desolado. Encarar en “WHY” era lo mismo que jugar al tenis contra el frontón. Puros rebotes, las chicas a veces ni se daban vuelta para mirarlos. "¿Para qué? Más de lo mismo" decían.
Finalmente las quejas comenzaron a hacerse oír: “¡No podemos seguir así, es injusto que los extranjeros se queden con la belleza de este pueblo!”, “No podemos pasarla bien, se quedan con todo y no podemos hacerles frente porque vienen con esos peinados raros” y la más escuchada “¡Cómo pretenden que compitamos contra los oriundos de la ciudad de Pablo Echarri, son naturalmente mejores!”
Y así fue como el Concejo Deliberante decidió promulgar la reglamentación número 48 que rezaba: “… se prohibirá el ingreso al establecimiento bailable ‘Why’ de todo adulto entre 18 y 35 años que sea nacido en la Ciudad de Avellaneda, sea hijo de alguien nacido allí, hermano, padre o pariente lejano… en representación del pueblo de General Montoya y para su protección y su bienestar, cúmplase y hágase cumplir”.
Las protestas no tardaron en llegar. El primer viernes una multitud se reunió en la puerta de la disco con acusaciones de discriminación y carteles que acusaban al boliche y al municipio de xenofobia y hasta de racismo. Lo curioso fue ver entre la multitud a algunas mujeres del mismo pueblo “protegido”.
Y así fue que por tres fines de semana consecutivos, los avellanedos se acercaron a la puerta del local para exigir justicia y pedir que se terminara la discriminación. Las discusiones y peleas terminaron desembocando en una fuerte reprimenda por parte de la policía municipal.
Luego de varias, la represión terminó las protestas. Ya no había nada por hacer.
A los meses la situación era calma. Sin embargo, no por ello era feliz. Atrás habían quedado las noches memorables de “WHY”. Algunas chicas volvieron a mirar a los “locales”, sin embargo, la mayoría prefirió dejar de ir. Preferían ir al cine, mirar una película o migrar por las noches a otros pueblos. Muchas, de hecho, preferían viajar a Avellaneda o hacer alguna reunión en su casa e invitar a los que habían conocido allí.
Y por supuesto, no faltó la que entablara una relación muy cercana con alguno de los señores de la entrada para que -a cambio de algún favorcito- hiciera la vista gorda y dejara pasar a sus viejos amigos de Avellaneda.
A fin de cuentas, fueron éstos los que más se beneficiaron. Luego de un año, en Montoya todos querían ser patovicas.
jueves, 6 de enero de 2011
"La Gente no Entiende"
Los inconsistentes argumentos en favor de una Ley de Medios
Cuando haciendo zapping aparece un genio en la pantalla, no puedo hacer otra cosa que mirarlo. Y esto fue lo que me pasó este lunes cuando enganché el programa “Chiche en Vivo” que se emite todos los días a las 20 Hs. por el canal Magazine de Cablevisión.
Si bien Chiche Gelblung ha marcado un estilo único en la televisión, el genio al que hago referencia era su invitado del día: el fantástico Guillermo Vilas.

En la entrevista, el ex número uno charlaba sobre antioxidantes y contaba una anécdota de relativa gracia al respecto, lo que llevó a Chiche a reflexionar sobre los medios y las veces que éstos publicitan que las propiedades del producto “A” son buenas para el síntoma “B”, para luego decir exactamente lo contrario a los pocos días.
Ante este comentario, la reacción de Vilas fue sugerir que semejante tendencia debería ser controlada, regulada, prohibida o “frenada”, para usar sus términos. Que los medios digan una cosa para después decir otra exactamente opuesta debe frenarse “porque la gente no entiende, se confunde”, argumentó.
Ahora la pregunta es ¿Quiénes?
¿Quién no entiende? ¿A qué gente se refiere el gran campeón cuando habla de que “la gente no entiende”? ¿Se referirá a sí mismo, o querrá decir que él sí es suficientemente inteligente para entender pero hay muchos que se creen cualquier cosa? Ahora, si él es tan inteligente ¿Por qué no puede serlo el resto de la sociedad? ¿O hay que ganar Roland Garros para no creer todo lo que dice la tele?
El cuento, que parece banal, no lo es en lo más mínimo puesto que este mismo argumento es el que utilizan nuestros gobernantes para combatir el supuesto “monopolio informativo” y, de paso, controlar la red de comunicación nacional en lo que representa una seria amenaza a la libertad de expresión en el país.
Según este razonamiento, hay gente incapaz en riesgo de creerse todas las pavadas que dicen “los medios” y gente iluminada, que puede protegernos del monstruo. A saber, Cristina Fernández, Gabriel Mariotto o Luciano Galende.
Ahora bien, si todos creemos que una Ley de Medios es buena porque protege a aquéllos que creen todo lo que la "corpo mediática" afirma, vuelve la duda. ¿Dónde están estas "víctimas"? ¿Quiénes son? ¿A quién vamos a “proteger” si, en realidad, todos pensamos que la ley es buena para “otros”?
Creo que este argumento oculta la inseguridad propia de los que lo esgrimen. “El protegido” no es otro que ellos mismos que todavía no se dispusieron a asumir que son los únicos responsables de creer o desconfiar, de mirar un canal o cambiar a otro, de leer un diario o leer un libro.
Olvidan que, como dijera Martin Luther King, “Nadie se nos montará encima, si no doblamos la espalda”.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Lecciones de Ratatouille II
Lección de Ratatouille #2: Si la función del líder es proveer el “bienestar general”, entonces algunos se deberán sacrificar en favor de otros sin contraprestación. Si así no lo hicieren, entonces serán tratados de traidores, antipatrias, elitistas u oligarcas.
Para que nadie se enferme, Remy tenía que cumplir su función de controlador de veneno. Sin embargo, como su pasión era ser Chef, su padre lo trata de “humano” y de snob.
Para que todos coman carne, los productores deben abastecernos a precios “populares”. De lo contrario, son tratados de oligarcas, desestabilizadores y se les prohíbe ejercer el comercio o se intenta retenerles un porcentaje confiscatorio de sus ganancias.
Lección de Ratatouille #3: Si la función del líder es “protegernos”, por más que allá afuera no haya peligro alguno, éste se empeñará en buscarlo, encontrarlo y repetirlo hasta el cansancio hasta que nos demos cuenta que estamos bajo amenaza permanente.
Que los humanos odiamos a las ratas es real, pero también es cierto que Remy encontró al único humano que estaba dispuesto a llevarse bien con una rata.
Que el comercio internacional puede fundir a algún productor argentino también es real, pero también es cierto que si miramos atentamente todo el tablero, el beneficio es mayor que el costo porque implicó que la gente eligió en libertad por el producto “mejor”[i].
[i] Aquí “mejor” refleja un concepto relativo. Relativo a un momento dado, un lugar dado, y unas preferencias específicas para ese tipo de producto. Es un concepto que, aplicado a cualquier bien, cambia constantemente. Ésa es la esencia del mercado.

