sábado, 10 de noviembre de 2012
No es "cepo" es un asalto
viernes, 31 de agosto de 2012
"Preferimos que veraneen en el país"
jueves, 9 de junio de 2011
Macristina
Hace poco más de un año, cuando inauguré mi blog con el artículo “La Boheme Vs. Kapanga” planteé la idea de que los progresistas (que festejaban el bicentenario con rock nacional) por un lado, y los conservadores (que conmemoraron el bicentenario con música clásica y la reapertura del Colón) por el otro, se diferenciaban sólo en la superficie pero compartían sus premisas filosóficas básicas. A un año de esa situación, ni la superficie los diferencia.
En el pasado, cuando Macri eligió reabrir el Colón para festejar los dos siglos de la Revolución de Mayo, no dudó en gastar millones de pesos cobrados a la ciudadanía porteña, para refaccionar un teatro que -si bien tiene características aparentemente únicas en el mundo- sólo disfrutan unos pocos.
En contraste, la Presidenta Cristina Fernández se inclinó por financiar actividades más populares como espectáculos de rock que acapararon la atención del público.
Sin lugar a dudas (y más allá que la reapertura del Colón también tuvo su público) los espectáculos de la 9 de Julio fueron mucho más masivos. No obstante, la diferencia entre los dos actos fue sólo superficial ya que, en ambos casos, los dirigentes no dudaron en utilizar dineros públicos, que son de todos, para financiar y proveer la música, el arte y los espectáculos que disfrutan sólo algunos.
Un año después, ni siquiera queda la hipocresía de la diferencia superficial.
Este sábado 11 de Junio, “Los Pericos” (una banda que lleva vendidos más de 2,5 millones de discos) darán un recital con entrada libre y gratuita en el marco de la inauguración del “Distrito Tecnológico” de Parque Patricios.
Así es, como si Steve Jobs, Bill Gates y Mark Zuckerberg hubieran sido productos de la exención impositiva y la planificación municipal, el Gobierno de la Ciudad decidió delimitar un área propicia para que se instalen las empresas “tecnológicas” y, para darse un poco de autobombo, regalarán a los presentes un espectáculo del grupo “Los Pericos”.
Ergo, la pregunta obligada es: ¿Por qué Los Pericos? ¿Por qué no Los Cafres, Nonpalidece, u Otro Mambo? ¿Qué han hecho Los Pericos para que los ciudadanos de la Ciudad de Buenos Aires los premiemos con los 10.000, 20.000 o 100.000 pesos que cobrarán por su Show? ¿Quiénes son Macri o el Ministro de Cultura Hernán Lombardi para decidir que son ellos mejores que alguna alternativa similar? ¿O acaso se trata de todos pagándoles la fiestita particular a los funcionarios?
Cuando un productor musical elige una banda para financiarla y difundirla, generalmente trata de encontrar una que le guste a la gente. ¿A toda la gente? Sabiendo que eso es imposible, no busca que le guste a todos, pero sí a una cantidad suficiente de modo que pueda hacer un buen negocio. Como colateral, el buen negocio resulta en beneficio para él, para la banda y para todos aquellos que encuentren placer al escucharla.
Cuando el gobierno es el que decide el show del día, el proceso es distinto. En lugar haber un productor que apuesta por un grupo que tiene potencial, lo que hay es un funcionario eligiendo la banda que tiene más potencial electoral –es decir, una banda consagrada que no tiene ninguna necesidad de seguir creciendo. Nada que ver con el aclamado “fomento a la cultura”.
Más aún, cuando el gobierno es el organizador de este tipo de eventos, se termina dando una situación que deberíamos reprobar entre todos:
José, el almacenero del barrio, que muere por la música de Cacho Castaña, paga todos los meses el impuesto a los Ingresos Brutos. Si no tuviera que pagarlo, tendría más dinero disponible que podría destinar ala compra de un nuevo disco de Cacho, comprar un nuevo equipo de música para escuchar mejor los discos viejos, o bien, comprarse una computadora para bajarse de internet la discografía completa en formato mp3.
Sin embargo, el capricho del gobierno, disfrazado de “Agenda Cultural”, se mete en el bolsillo de José (y le impide escuchar a Cacho Castaña) para que un tercero, que José no conoce y a quien no le debe nada, disfrute de un espectáculo que nunca se ganó en base a su mérito, sino que accede a él porque Mauricio aprendió de Cristina que las bandas taquilleras te suben en las encuestas.
viernes, 23 de julio de 2010
Memorias de Gregorio Dagnino Ruiz (I)
Luego de veinte años de gobierno del Partido Moralista, el país se encontraba sumido en la pobreza. La violencia era reina de las calles luego de la puesta del sol y la especulación y la avaricia estaban generando enormes hambrunas y escaseces. Para colmo de males, los precios de los pocos artículos disponibles eran inaccesibles.
A principios del ‘48 los otros dos partidos políticos (aquéllos que perdieran cinco elecciones consecutivas sin alcanzar -sumados- el 25% de los votos) habían firmado el acuerdo más recalcitrante de la historia política mundial. El pacto “Adiós Derechos” era una declaración de principios comunes entre estas dos fuerzas políticas y crearía el Partido de la Injusticia Social (PIS).
Para sorpresa mía y de la Comunidad Internacional toda, el primero de Junio del 2048, el PIS se impuso con el 58% de los votos.
Fue muy fácil para mí, periodista consagrado de más de 25 años de trayectoria y experiencia en mi país y en el mundo, concluir que la elección que había hecho la gente constituía un suicidio colectivo. Recuerdo en detalle algunos de los nefastos puntos del programa de gobierno.
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En un país con un 45% de desocupados, resultaba mínimamente irrazonable no tener un Plan de Empleos y pensar en una victoria electoral. No obstante, el pacto rezaba: “El gobierno no creará ni un solo empleo. Es responsabilidad de cada individuo procurarse la fuente de ingreso que mejor se alinee con sus preferencias y capacidades”. Una declaración de guerra abierta al derecho de empleo del que todo ciudadano debería gozar en una sociedad que quiera llamarse moral.
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Otros principios económicos a adoptar, tenían que ver con el comercio internacional: “No es tarea nuestra proteger ni incentivar la producción nacional. Si un fabricante extranjero decidiera vender sus productos en el país, podrá hacerlo sin restricción le pese a quien le pese”. La soberbia de la frase hablaba por sí sola, ¿quién protegería a los productores de la avanzada competencia? ¡Nadie!, estarían a la buena de dios.
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Peor aún, no sólo se desprotegería a los fabricantes nacionales de los extranjeros, sino que el gobierno estaba decidido a legalizar el abuso y los excesos de parte de los empleadores con sus empleados. “La dignidad del salario la dejaremos a criterio de cada empleado y no nos entrometeremos en las discusiones salariales que ocurran entre él y su empleador”. La opinión púbica mundial reaccionó con vehemencia. ¿Quién le permitió a estos atorrantes hablar de dignidad?
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Sólo continuar leyendo el pacto me producía malestar y una sensación de piedad y compasión por aquéllos pobres individuos que estaban por entrar en las puertas del infierno ¡y ellos mismo lo habían así querido! Los artículos se agravaban, no eran muchos, pero eran devastadores.
No sólo su economía era inmoral. Estos sujetos iban a por todo y arremetieron contra el último bastión de la solidaridad social. Se habían metido con nuestros viejos. “En nuestro país no habrá ‘derechos de la tercera edad’. No es nuestro trabajo garantizar el ingreso o el bienestar de las personas que llegan a edad adulta. Esta responsabilidad es sólo suya y no se harán excepciones”.
Por último, el desconocimiento absoluto de la responsabilidad de la sociedad en la vida de las personas. Una lucha de siglos, destruida en renglones. “El alcoholismo, la drogadicción, así como la obesidad, no son enfermedades sino caminos de acción que los hombres pueden, o no, tomar. No será responsabilidad del gobierno sacarlos del camino incorrecto ni indicarles cuál es el correcto en ningún modo”

¿Qué país podría salir de estos preceptos que parecían escritos por el mismísimo demonio? El reciente gobierno sólo se comprometía a proteger la seguridad física de las personas y al eufemismo de “hacer cumplir los contratos”. ¿Qué tipo de sociedad esperaríamos de semejante atropello a la moral? ¿Qué solidaridad habría en el país regido por este Pacto? ¿Con estas intenciones, cuáles serían los resultados?
El egoísmo reinará. La sociedad se volverá individualista y los Scelenos vivirán en un estado de “sálvese quien pueda (y si no puedes salvarte, entonces tienes todo el derecho del mundo de morirte y no molestar al resto)”. Bárbaro, espeluznante. Una salvajada. Así titulé mi nota esa semana de Junio: “Scelenia: Salven al ‘País de las Malas Intenciones’”. La repercusión fue conmovedora.
El público se manifestó; en las calles se exigía la liberación de los Scelenos. La comunidad internacional presionó al límite a su líder. No hubo respuestas. Estaban condenados...
Publicado en “Memorias de un periodista”, de Gregorio Dagnino Ruiz, Scelenia 2078.
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(i) Este extracto de las memorias de Dagnino Ruiz tendrá su segunda parte este Martes, en este mismo Blog. Ahí sabremos qué pasó con Scelenia finalmente.
(ii) Las imágenes son de http://www.banksy.co.uk/
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