martes, 10 de mayo de 2011

No culpes a la noche, tampoco a la bengala

Seguramente luego de ver a la barra de carbón sobre el asiento de la limousine pensaste que era una exageración. Sin embargo, a juzgar por la prohibición del uso de armas, los impuestos internos a los cigarrillos, la prohibición de fumar en espacios públicos, las trabas a la venta de alcohol y la guerra contra las drogas, la exageración parece la realidad en que vivimos más que el dibujo animado.

Y es esto lo que me hace pensar que en cuestión de días, lloverán en el Congreso proyectos de ley que busquen regular, controlar, gravar con impuestos ad-hoc o directamente prohibir el uso de bengalas.

Volvamos al inicio. Lo que sucede en el capítulo de la serie emblemática de los últimos cincuenta años en los Estados Unidos, es que se confunde el sujeto con el objeto. ¿Qué quiero decir con esto? Que si bien fue Homero el que salvó la misión espacial, el crédito se lo llevó la “inanimada barra de carbón”.

De manera análoga, si bien es una persona la que dispara el arma asesina en ocasión de un robo, u otra persona la que fuma paco antes de participar del secuestro extorsivo de otro ciudadano, parte de la culpa suele atribuírsele a la sustancia o al elemento utilizado, en lugar de que ésta recaiga totalmente en el individuo actor. Por supuesto que buscamos al asesino o al secuestrador, para eso está la policía, pero creemos que es mejor si prohibimos también el uso de armas y la comercialización del crack. Estamos más seguros.

Hace siete años, Buenos Aires vivió uno de sus más tristes fines de año. Alguien prendió una bengala en el lugar que no debía y esto desencadenó una tragedia que será difícilmente olvidada. A raíz de esto, y más allá de todo el proceso judicial siguiente, aprendimos que prender una bengala en un espacio reducido y con un techo inflamable no es para nada una buena idea. Mucho menos si las salidas de emergencia no funcionan.

Hace pocos días, otra bengala y otro recital de rock fueron los protagonistas de un nuevo drama. Un espectador murió luego de que otro le arrojara una bengala encima. Y para completar la semana, el martes en un acto escolar en San Juan, una bengala casi origina una tragedia entre los alumnos.

Entonces ahora ya lo sabemos: las bengalas son peligrosas y, de hecho, pueden llegar a matar. ¿Pero implica esto que debemos prohibir su uso o regular su comercialización? ¿O implica que debemos perseguir a los que, mediante un uso indebido de las mismas, pongan en peligro la vida de gente inocente?

Una vez un amigo mío se emborrachó y comenzó a molestar a todos los que estaban a su alrededor en un boliche. Se imaginarán cuál fue el desenlace. Luego de esa noche, cuando tuvimos la oportunidad de charlar, él sostenía que su problema había sido que había tomado de más. Sin embargo, yo le apunté que dentro del mismo boliche, un montón de gente había “tomado de más” y no estaban peleándose con nadie, simplemente la estaba pasando bien.

Confundir objeto con sujeto y perseguir al primero en lugar de al segundo es perjudicial por dos cuestiones fundamentales: la primera es que el problema no se resuelve porque el problema nunca fue el objeto sino el sujeto. Si un asesino no puede comprar una pistola, probablemente use un cuchillo, o un palo, o un martillo.

La segunda, que creo aún más trascendente, es que le quita parte de la responsabilidad al actor. La culpa no será ya de quien le tiró la bengala en la cara al otro porque le pareció divertido, sino que compartirá la responsabilidad con el que le vendió el artefacto.

No tengo la certeza de que alguien vaya a querer regular este tema, pero sí advierto que sería muy triste si seguimos avanzando en esa dirección.

viernes, 6 de mayo de 2011

EL Fifty-Fifty

Hoy termina la primera semana de mayo de 2011. Sin embargo, a raíz de los debates públicos (en los que sólo participan los que hablan desde el atril) me dio la sensación de haber vuelto a 1870.

Por un lado, el dirigente sindical más despreciado por la población sugiere que la distribución de la riqueza debería ser “fifty fifty” con “la patronal”. Por el otro, la Presidenta de la República le responde que los trabajadores ya representan el 48.1 % del PBI, con lo que ya están cerca de alcanzar el “fifty- fifty” tan añorado.

Ahora bien, si con un amigo compramos una camioneta para destinarla al negocio de la logística (es decir, compramos un flete) y si los dos pusimos el mismo dinero para adquirirla, es lógico que cuando lleguen las ganancias, la distribución sea del 50% para cada uno. Distinto sería si yo solo compro la camioneta. En este contexto todas las ganancias son para mí, y es algo justo porque yo me arriesgué a perder el dinero si el negocio no funcionaba. Por último, si decido contratar un chofer para la misma, seguramente las ganancias no sean 50% y 50% sino un pago por los servicios prestados.

Ahora bien, alrededor de 1870 fue el economista Carlos Marx el que criticó duramente este sistema y dividió a la sociedad. No quiere decir que haya iniciado una guerra civil, pero sí que la dividió -en términos teóricos- en dos grupos distintos. Por un lado los capitalistas (yo con mi camioneta) y por otro lado los trabajadores (el chofer).

Y claro, como la ganancia propiamente dicha, es decir, los ingresos menos los costos (entre los cuales se incluye el salario del chofer), es toda para el dueño del flete, el sistema debía estar corrupto. ¿Cómo era posible que si los dos están trabajando de igual a igual, o en ocasiones el chofer trabaja mucho más, la ganancia sea toda para el dueño?

El problema con esta mirada es justamente el planteo inicial en el que dos grupos estancos luchan por un lote de beneficios que también es invariable. En este contexto, si los capitalistas se llevan el 100% de la ganancia, están explotando a los trabajadores. Pero de la misma forma, si fueran los trabajadores los que embolsaran el 100% de las ganancias, éstos serían considerados los explotadores. Al menos así debería entenderse de seguir el razonamiento hasta el otro extremo.

Es esta errónea apreciación de la sociedad y de la economía lo que hace que hoy, a 144 años de la publicación de “El Capital”, creamos que lo mejor es que las ganancias se dividan “fifty-fifty”. Sólo así estamos en equilibrio y nadie se saca diferencias.

Sin embargo, como apunta P.J. O’Rourke en su libro “Eat The Rich”:

“En la diferencia entre pobreza y riqueza, el problema es la pobreza, no la diferencia. La riqueza es buena.

Y vos lo sabés respecto de tu propia riqueza. Si fueras rico, sería genial. Mejorarías tu vida. Mejorarías la vida de tu familia. Comprarías educación, viajes, conocimiento sobre el mundo. Invertirías en cosas que valgan la pena. Donarías para causas nobles. Ayudarías a tus amigos y vecinos. Tu vida sería mejor si fueras rico. La vida de la gente que te rodea sería mejor. Tu riqueza es buena. Entonces ¿Por qué es que la riqueza de todos los demás no lo es?”

Enfocar el problema de la pobreza desde el lado de la distribución no permite ver que aún llegando al paraíso de la distribución, podemos ser enormemente pobres.

El mundo (el que funciona) no se compone de grupos distintos que luchan por dividirse la riqueza. El mundo que funciona se compone de individuos que están buscando constantemente la manera de vivir mejor y, en esta búsqueda, generan riqueza continuamente (en forma de nuevos bienes o nuevas formas de producirlos) de la que todos nos beneficiamos.

Si por entender mal este proceso lo obstruimos buscando la equidad distributiva, podemos quedarnos sin el pan y sin la torta. Es decir, vamos a ser un país mucho más pobre y, por el otro lado, la igualdad será entre los muchos, mientras que los pocos que parten y reparten, se seguirán quedando con la mejor parte.

jueves, 28 de abril de 2011

Vargas Llosa, censura y libertad de expresión

Vargas Llosa en Buenos Aires

A diferencia de la opinión predominante y políticamente correcta que se escucha a diario, no admiro al Nobel de Literatura por su obra literaria. No es que yo la repruebe, sino que no tengo el conocimiento suficiente sobre la misma como para emitir una opinión válida en su favor o en su contra.

Sin embargo, sí me gustan las opiniones e ideas que periódicamente publica en diversos medios, y no por un compromiso previo con ellas sino porque las encuentro llenas de coherencia, de lógica y de valores admirables como la tolerancia, la libertad y el respeto por los individuos y sus complejidades.

Ahora bien, dicho esto me gustaría tratar el tema del supuesto intento de censura que hubo en su contra en ocasión de su participación en la Feria del Libro.

Los acontecimientos de público conocimiento se dieron así: Vargas Llosa fue invitado por la Fundación El Libro a disertar en la edición número 37 de la Feria del Libro en Buenos Aires. A raíz de esto, Horacio González (nada menos que director de la Biblioteca Nacional) escribió una carta a la Fundación pidiendo que se reconsidere la “desafortunada invitación”. Ni lerdo ni perezoso, el popular escritor tildó de intento de censura esta maniobra y se sorprendió de que proviniera de quienes la habían sufrido en el pasado.

La censura y las censuras

En un artículo publicado en febrero de 2010 en la página de la ONG “Argentina Sin Mordaza”, quien escribe sostenía que la decisión de alguien de no publicar determinadas ideas no podía llamarse cesura. En el artículo citaba un párrafo de la filósofa Ayn Rand:

“Ningún acto privado es censura. Ningún individuo o agencia particular puede silenciar a un hombre o suprimir una publicación: sólo el gobierno puede hacerlo. La libertad de expresión de los individuos particulares incluye el derecho a no estar de acuerdo con sus antagonistas, no escucharlos y no financiarlos.”

Como acto privado, entonces, si la Fundación decidía no invitar al literato, no había censura. Sin embargo, Vargas Llosa piensa lo contrario. Y, curiosamente, lo mismo postulaba CFK cuando decía que TN había censurado parte de su discurso, y lo mismo postulan sus aduladores cuando exigen que Paka-Paka tenga su espacio en Cablevisión.

Sorprendido de que no sólo los colectivistas (como les diría Ayn Rand) sino también los liberales (como se autoproclama Vargas Llosa) creyeran lo mismo, decidí ir al diccionario para investigar sobre mi posición.

Para la Real Academia Española la censura es la “intervención que ejerce el censor[i] gubernativo”. A juzgar por la definición, sólo es censura si viene del gobierno.

Sin embargo, la RAE también llama censura al rol que ejercen el superyó y el yo sobre el ello en el inconsciente para evitar que vayas por la vida diciendo lo primero que se te pasa por la cabeza.

¿Y por qué si consideramos que hay mecanismos inconscientes que censuran cuando “editan” nuestro lenguaje, no podemos decir lo mismo del dueño de un medio de comunicación que elije publicar ciertas cosas y dejar otras de lado? Mirándolo desde esta perspectiva, si un periódico decide no publicar a un periodista, está censurando y el director de la Feria del Libro, al no invitar a Vargas Llosa, también.

Si bien en el fondo no estoy de acuerdo con este planteo, creo que puede hacerse la concesión.

¿Censura = No libertad de expresión?

Hechas estas aclaraciones, la pregunta que realmente importa es cuál de estas dos censuras es la que realmente tiene un efecto relevante para la libertad, el pluralismo y el derecho a la expresión. Veamos.

Cuando en el censor gubernativo prohíbe una obra, difundirla pasa a ser ilegal y de ser atrapados intentando hacerlo, terminaríamos presos. En este contexto la libertad de expresión no existe. Si el censor no aprueba, de eso no se habla.

Sin embargo, llegado el caso que la Fundación El Libro hubiera decidido retirarle la invitación al Premio Nobel, nadie habría perseguido al diario Perfil por publicar una entrevista. Asimismo, ninguno de los invitados a las charlas que brindó durante su estadía estarían en situación de ilegalidad y Vargas Llosa habría podido expresarse libremente en cualquier otro lado donde lo invitaran. Sólo en la Feria no habría podido disponer del micrófono.

En conclusión, aun admitiendo que la censura puede realizarla cualquier medio por más que sea privado, cuando esto sucede no se está lesionando la libertad de expresión. Cuando un privado no financia tus ideas, te queda la opción de seducir a otro para que lo haga (o ir a la plaza con un megáfono). Por el otro lado, cuando es el gobierno quien decide que tu pensamiento no es conveniente, las opciones son más drásticas. O te callás, o te tenés que ir del país.

No sería nada poco si a raíz de la visita de Vargas al país, la Argentina reflexionara sobre esto.


[i] En algunos regímenes políticos, funcionario encargado de revisar todo tipo de publicaciones o películas, mensajes publicitarios, etc., y de proponer, en su caso, que se modifiquen o prohíban. http://buscon.rae.es/draeI/


jueves, 21 de abril de 2011

La Dorada Medianía

¿Debe ser tan (a)dorada?

Probablemente ayudada por el gran Aristóteles, la sabiduría popular nos aconseja siempre adoptar una postura moderada frente a los sucesos dado que:

“…en todas las cosas el medio es digno solamente de alabanza, mientras que los extremos no son buenos ni laudables, y no merecen sino nuestra censura.” *

Veamos. Puede ser que si tomás 10 veces más de lo que estás acostumbrado no sólo ni te acuerdes de qué paso a la noche sino que al otro día te vas a sentir pésimo. De la misma forma, si trabajás todo el día sin descanso y te exigís “al extremo”, podés tener problemas de stress y, probablemente, alguna repercusión física. Pero en el otro extremo, si no trabajás nada, te va a costar llegar a fin de mes.

Para estos casos, podemos pensar que un cierto equilibrio entre los dos extremos es saludable.

Sin embargo, supongamos que estamos ante una escala que va de peor a mejor. En dicha escala, los dos extremos están definidos por su nombre. El extremo inferior es peor, mientras que el superior es el mejor.

En el ránking de la ATP, por ejemplo, el eslovaco Tilen Zitki es el último jugador (#1774) mientras que Rafael Nadal ostenta el primer lugar. En esta escala, el extremo mejor es Rafael Nadal, mientras que el extremo peor es Zitki. ¿Significa esto que si me pongo a jugar contra Zitki tengo alguna chanche de ganar? Desde luego que no, pero a los efectos de este ránking, él es definitivamente el peor del circuito.

Ahora vayamos a otro contexto. Hoy por hoy, si nosotros estamos en nuestra casa pero deseamos ir –digamos- a Parque Saavedra, podemos determinar la mejor manera de llegar ingresando a un sitio web llamado “Cómo Viajo”. Muy fácilmente, al ingresar nuestra dirección de salida y nuestro destino, la página nos arroja opciones. De esas opciones siempre está la mejor, que es la que nos deja más cerca de nuestro lugar objetivo.

Entonces, llegado el caso que finalmente decidiéramos qué queremos como fin para nuestra vida / carrera / país / economía (que ya es una tarea bastante difícil) ¿Todavía podríamos pensar que los extremos no son buenos?

Es decir, ¿En caso de tener un fin determinado y varias alternativas ordenadas desde la extremadamente mala hasta la extremadamente buena, es sensato sostener la fórmula políticamente correcta de que los extremos nunca son deseables?

Seguramente las alternativas sean perfectibles y siempre haya cuestiones por investigar. Sin embargo, creo que sería un error grave que nos tomemos dos colectivos y un taxi para ir a un bar que nos queda a cinco cuadras, sólo porque tenemos que elegir una alternativa que se encuentre en el “alabado” medio entre los dos extremos.

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* Aristóteles en "Ética a Nicómano" disponible en http://www.filosofia.org/cla/ari/azc01046.htm

martes, 19 de abril de 2011

Facebookeáme!

¡Buenas a todos! Tengo el agrado de comentarles que, de ahora en más, pueden suscribirse a "La Crisis es Filosófica" en la red social que te alegra los cumpleaños porque aumenta significativamente el caudal de saludos que recibís. Es decir, Facebook.

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Sin otro particular, espero encontrármelos allí.

Saludos!